Viernes, 01 de Mayo de 2026
Logo
Logo
INICIO
Locales Provinciales Deportes Nacionales Internacionales Cultura Política Religioso Efemerides Policiales

Powered by Aer Multinet

High Performance Media Solution

El Chaqueñito del Bandoneón

Historia de vida

31/01/2026 915 vistas
El Chaqueñito del Bandoneón

El Chaqueñito del Bandoneón


Teófilo Ricardo Alvarenga nació el 8 de julio de 1939 en Zapallar, hoy General San Martín, provincia del Chaco.


 Fue el quinto de seis hermanos, hijo de Catalina García, oriunda de Bella Vista (Corrientes), y Román Alvarenga, paraguayo de Pilar.


En aquel tiempo, Zapallar vivía una época de esplendor y era conocido como el rey de la producción del zapallo y del algodón. El algodón, llamado “oro blanco”, llenaba los campos y los carros que salían hacia los galpones de acopio, mientras que el zapallo abundante alimentaba a las familias y se enviaba a otras provincias.


Ese ambiente de trabajo, esfuerzo y abundancia marcó la niñez de Ricardo, quien entre surcos de algodón y chacras empezó a descubrir también su amor por la música. Su padre hombre trabajador, se dedicaba a realizar fletes con carros a caballos, actividad típica de la época en los pueblos del interior, y en sus ratos libres se daba tiempo para la música. Román, además de agricultor, era guitarrista, y fue él quien puso por primera vez en las manos de Ricardo aquel instrumento que despertaría su vocación musical. le enseñó las primeras notas, y a los cinco años “Totón”, como lo llamaban, ya tocaba la guitarra y cantaba en reuniones familiares y hacía sonar las cuerdas, como si la música fuera parte de su sangre.


 Cursó la primaria en la Escuela N.º 44 de Zapallar, recordando con cariño a sus maestras Eva de Benua y la señora de Bianchi. Entre sus compañeros estaban Atilio Puchot (luego integrante del Cuarteto Santa Ana), Ramón Pirelli, amigos de la infancia Otilio Lezcano (autor de Amor sin igual) y Salvador Lencina y Sixto Álvarez.


A los 14 años, Ricardo brilló como número 10 del Club Independiente de Zapallar, campeón del Torneo “Juan Domingo Perón” en Resistencia, compartiendo cancha con compañeros inolvidables como “Dedito”, Luis Vernes, Ruiz, Raúl Morel y Castelán. Desde los nueve años integraba la orquesta típica de Matildo González, interpretando tangos, pasodobles y milongas.


Aunque su primer amor era la guitarra, su verdadera pasión era el bandoneón. Al principio nadie le prestaba uno, y Ricardo tenía que “caradurear” para tocar un rato hasta que se lo quitaban. Entre momentos robados y observación constante, fue aprendiendo. A los 17 años dejó la guitarra y se dedicó por completo al bandoneón prestado, instrumento que marcaría su vida y le daría el apodo de “El Chaqueñito del Bandoneón”. Trabajando en la carnicería de Zapallar, conoció a Coco Marola, en el Hotel de Doña Lola. En una pista de baile, sus amigos lo animaron a subir al escenario. Nervioso, Ricardo temblaba la rodilla , hasta que Transito Coco Marola le dijo: “Tocá, si vos vas a ser un gran bandoneonista.” En 1958 se mudó a Presidencia Roca (Chaco), donde practicó con el bandoneón de Miguel Chofalo, un amigo yugoslavo.


Ese mismo año conoció a Iko Acebedo, agricultor y carrerista, con quien trabajó la tierra en General Roca donde plantaron papa y algodón y se hicieron grandes amigos. También se casó con Anselma Pera, con quien tuvo a Ricardo Fabián (1958), Hugo (1960) y Mirta (1961). En 1959, Ricardo formó su primer conjunto, Los Juveniles, en El Colorado (Formosa). Lo acompañaban los hermanos Moncho y Omar Cáceres, músicos de gran talento que daban ritmo y color a cada presentación. El repertorio era amplio: desde chamamé hasta cumbias y milongas, pasando por valses que animaban las pistas y fiestas populares. Con esa mezcla de estilos supieron ganarse un lugar en el corazón del público, recorriendo localidades como Pirané, Palo Santo y Villa Dos Trece, donde cada actuación terminaba en celebración y baile hasta el amanecer. En noviembre de 1962, gracias a la familia Valenzuela, llegó a San Martín N.º 2, convirtiéndose en el cuarto colono. En esa época, el pueblo estaba naciendo. A los productores recién llegados se les entregaban lotes para producir, destroncar campos y sembrar algodón. Los campos se vestían de blanco y el movimiento en las chacras era impresionante: familias enteras trabajando, carros y tractores cargados yendo y viniendo, el aire lleno de polvo y algodón flotando como copos.


 Era el auge del “oro blanco” y Ricardo no solo fue testigo de aquel esfuerzo colectivo, sino protagonista activo de ese crecimiento. Recibió 150 hectáreas y trabajó como primer topógrafo, trazando junto a un ingeniero la primera calle del pueblo. Allí se convirtió en encargado de la gran producción de algodón de Filomeno Maidana (Mburucuyá Corrientes), quien sembraba hasta mil hectáreas con cuatro tractores. Ricardo organizaba cuadrillas y manejaba todas las tareas y supervisaba la siembra, siendo pieza clave en aquel auge algodonero.


 Reconociendo su pasión y esfuerzo, Filomeno Maidana le hizo un regalo que cambiaría su vida: viajó hasta Mburucuyá (Corrientes) y le trajo su primer bandoneón propio. Este gesto, cargado de confianza y generosidad, convirtió su sueño en realidad y consolidó su identidad como “El Chaqueñito del Bandoneón”. También conoció a Sergio “Checho” Britez, hermano de Filomeno, que se casó con Aurora Pinilla. En San Martín N.º 2 vivió intensamente la música. Conoció a músicos como Armando Araos, Nico “Burro” Galván, Martillo Galván, y compartió con las Voces de Orán, los Hermanos Barrios y Los Hermanos Cardozo, después de su actuación, no pudieron continuar su viaje debido a las intensas lluvias que dejaban los caminos intransitables. Durante una semana entera se alojaron en la casa de Ricardo, allí se convirtió en una experiencia inolvidable.


La lluvia no cesaba, pero dentro de la casa solo se escuchaba el sonido del bandoneón, guitarras y voces en rondas de amigos, compartiendo chamamé hasta altas horas de la noche. La hospitalidad de Ricardo y su familia permitió que los músicos disfrutaran plenamente del descanso, la amistad y la música, transformando un contratiempo en noches memorables llenas de camaradería y alegría, donde la música se sentía más viva que nunca.


También conoció a Isaco Abitbol, autor de la música y letra de “la Calandria” y de varios temas más, un verdadero maestro del bandoneón cuya destreza y sensibilidad musical dejaban huella en todos los que lo escuchaban. Para Ricardo, conocerlo fue una experiencia inspiradora, compartir charlas sobre música, escuchar sus anécdotas y presenciar su forma de interpretar el bandoneón fue como recibir una lección de pasión y dedicación, que lo motivó aún más a perfeccionar su propio arte. Ricardo recuerda con cariño a Isidro Méndez, bandoneonista y autor de “Tardecitas Formoseñas” y varios temas más, quien además trabajaba como chofer en la Dirección de Tierras, recorriendo la zona de San Martín N.º 2. Siempre llevaba su bandoneón en la camioneta, listo para tocar en cualquier reunión o improvisada ronda musical.


 La amistad entre ellos surgió de inmediato: compartían los mismos gustos musicales, largas charlas sobre melodías, la vida en las chacras y la pasión por el chamamé. Muchas veces, después de las tareas en el campo o los recorridos por los lotes, se encontraban para ensayar, intercambiar consejos y disfrutar de la música hasta que el viento norte de la región anunciaba el final de la tarde, dejando recuerdos imborrables de risas, melodías y complicidad. En San Martín N.º 2, Ricardo recibió la visita del músico Néstor Damián Girett, reconocido por su aporte a la polka paraguaya y a la música folclórica.


Entre rondas de guitarra y largas charlas, nació una amistad sincera., Girett olvidó en la casa de Ricardo su bombo y su guitarra, justo cuando debía viajar a Ibarreta para actuar. Lejos de dejarlo en apuros, Ricardo no dudó un instante: cargó los instrumentos y se los llevó personalmente, asegurándose de que su amigo pudiera cumplir con el compromiso.


Esa anécdota, contada entre risas, muestra la esencia solidaria de Ricardo, siempre dispuesto a tender una mano y a acompañar a los suyos. Entre las familias queridas de San Martín N.º 2 estaban los Navarrete, Jerez, Palacios, Trangoni, Riquelme, Bazquez, Tornosqui, Sotelo, Galarza, Palavecino, Lucio Campos y Pinilla, Pablito Marcos, y Polis quienes con su hospitalidad, sencillez y generosidad hicieron que Ricardo se sintiera parte de la comunidad desde el primer día.


 Cada reunión, cada mate compartido, cada fiesta de fin de semana era una celebración de amistad y camaradería, donde los lazos familiares y vecinales se entrelazaban con la música, el trabajo en la chacra y la vida cotidiana, creando recuerdos que Ricardo guardaría para siempre en su corazón. El almacén de ramos generales de Don Ramón Navarrete era un punto de encuentro obligado. Tenía de todo: desde yerba, azúcar, harina y querosén hasta herramientas de campo, botas y hasta discos de música. Allí los colonos se surtían para la semana, mientras en la vereda se armaban largas charlas de sobremesa.


El olor del tabaco, y entre compra y compra siempre sonaba un chamamé de fondo, ya sea en la radio o en el propio bandoneón de Ricardo, que nunca se resistía a sacar unas notas. Era más que un almacén: era el alma de la colonia, donde se cruzaban las historias, los sueños y hasta los chismes del pueblo. San Martín N.º 2 no solo era trabajo y algodón: también era fiesta, pasión y tradiciones. Los fines de semana se organizaban las carreras de caballos en “partidas”, a puro grito y algarabía, donde se medían los pingos más veloces de la zona.


La taba no podía faltar: los hombres se arremolinaban en torno al juego, apostando con monedas o billetes arrugados, mientras las risas y las discusiones subían como el polvo del camino. En esas reuniones nunca faltaban los músicos, y Ricardito Alvarenga con su bandoneón siempre decía presente.


Tocaba chamamé, milongas y balseados que hacían bailar hasta al más tímido. Aquellas carreras terminaban casi siempre al amanecer, entre guitarras, acordeones, bombos y el infaltable bandoneón que marcaba el pulso de la fiesta. Eran encuentros donde se mezclaban música, amistad y la fuerza de una comunidad que sabía celebrar la vida después de una semana de duro trabajo en la chacra. Ricardo también recuerda, con humor y mucho cariño, a la mamá de Manuel Basques, una mujer de carácter fuerte y frases inolvidables. Siempre repetía a su esposo la sentencia que quedó grabada en la memoria de todos: “Carnero ha nacido y carnero ha de morir.” Además de sus chistes, era conocida por sus ricas empanadas, que vendía en las carreras de caballos y en las reuniones populares.


 Su presencia alegraba cada encuentro, y sus empanadas, calientes y sabrosas, se volvieron casi tan tradicionales como la música o la taba en aquellas jornadas que se prolongaban hasta el amanecer. En Güemes también brillaba la pasión por las carreras cuadreras, donde se corrían los mejores caballos de la zona. Cada uno tenía su barra, y los domingos se transformaban en verdaderas fiestas populares que convocaban a todo el pueblo.


Las apuestas por dinero, animales o favores de chacra eran parte del folclore. Ricardo, siempre con su bandoneón al hombro, ponía música en esas reuniones que casi siempre terminaban al amanecer, entre chamamé, coplas y guitarreadas. Conoció a grandes carreristas como Juan Santander, los Polos, Manuel Baques, los Arandas y los Concha, familias que hicieron historia en las pistas improvisadas de la región. Eran tiempos en que la carrera de caballos no era solo un deporte, sino un motivo de encuentro, amistad y celebración.


 Ricardo también brilló en el Club La Colonia, aquel equipo forjado en la amistad y la pasión futbolera, dirigido por Filomeno Maidana y Santo Palacios. Allí compartió la camiseta con grandes promesas locales, entre ellos los hermanos Sotelo, Riri y Coco, que más tarde integrarían la selección de San Martín N.º 2. Los domingos eran una fiesta: la cancha de tierra se llenaba de vecinos que llegaban en sulkys, a caballo o caminando para alentar a su equipo. Cada gol era celebrado como un triunfo del pueblo entero.


El esfuerzo de esos muchachos, que alternaban la dura faena en la chacra con la pelota, tuvo su recompensa cuando el equipo salió campeón de selecciones en Formosa. Fue un logro histórico que llenó de orgullo a toda la comunidad y quedó grabado en la memoria de San Martín N.º 2 como una de sus gestas más queridas.


Ya en San Martín N.º 2 nacieron sus otros dos hijos: José Alvarenga y Sergio Alvarenga. En 1969 se separó y, años después, conoció a quien sería su compañera Zoraida Acosta, paraguaya nacida en Benjamín Aceval, con quien tuvo a Darío Alvarenga. Anécdotas inolvidables Casamiento del Negro Luna: Durante un cumpleaños, Ricardo se destacó tocando un bandoneón prestado, mostrando todo su talento y pasión por la música. Los presentes quedaron maravillados, y entre ellos, el Negro Luna, quien quedó tan impresionado que decidió contratarlo para animar su casamiento.


A pesar de no tener su propio instrumento, Ricardo se las arregló para que cada nota sonara con fuerza y alegría, contagiando a todos los invitados. Para cumplir con el compromiso, viajó a General Roca Chaco junto a su amigo Chofalo a pedir prestado su bandoneón por un mes, asegurándose de no fallarle a la familia Luna. La fiesta comenzó a las 21 horas y se extendió hasta las 10 de la mañana, entre chamamé, contrapuntos, tangos, milongas y valses, con música que llenó de alegría a cada rincón.


La hospitalidad, la camaradería y la emoción de la gente hicieron de esa noche algo inolvidable. Con las propinas que recibió por su actuación, Ricardo pudo comprar 28 novillos, un vínculo que unió su pasión por la música con su vida de trabajo rural. Lo más notable fue cómo un bandoneón prestado y su talento innato lograron que todos disfrutaran de una noche mágica, dejando recuerdos imborrables para Ricardo y para quienes lo escucharon En 1972 sembraron 95 hectáreas del algodón con “Camba” Palacios; cuando llegó la cosecha, una tormenta destruyó todo, enseñándole resiliencia y valor del esfuerzo compartido. Los Palacios “Tito”, Santo, Aniceto y “Camba” fueron para él como familia y algunos sus compadres. 1974 Cuando Ricardo llegó a Güemes, recién se comenzaban a otorgar los lotes a los productores en la zona de Las Lolas.


Los campos comenzaban a despuntar y se llenaban de vida, con chacras recién destroncadas y los primeros cultivos de algodón que empezaban a blanquear bajo el sol. Allí, entre el esfuerzo de la tierra y el aroma de la cosecha, Ricardo dedicó su energía de lleno a su grupo musical, Los Dinámicos del Litoral junto a los hermanos Moreno de Pirané, compartiendo escenario con músicos locales y creando noches inolvidables de chamamé.


Pero la música no era lo único que ocupaba su tiempo. Ricardo trabajaba en la carnicería y la parrillada del pueblo, donde se reunían vecinos y amigos. Su establecimiento se convirtió en un lugar de encuentro y de risas, donde se celebraban aniversarios, cumpleaños y hasta se planeaban las jornadas de trabajo de las chacras. Allí, la humildad de la gente, su sencillez y la amistad que cosechó día a día le dejaron una huella imborrable. Allí, en Güemes, Ricardo compartió su música y su pasión con músicos como Sacudile Valiente, Portillo, Paco y Acho Anrique, Luis Zárate y el Zurdo Miranda, creando noches inolvidables de chamamé, tangos, contrapuntos y polcas. La compañía de las familias amigas Navarrete, García, Polo, Zárate, González, Acosta y Blasich hacía que cada reunión se convirtiera en un festival de amistad, copleadas y música compartida, donde la hospitalidad y la sencillez de la gente del pueblo hacían que cualquier noche se sintiera como una gran fiesta familiar. Entre risas, acordes y versos cantados, Ricardo encontró en Güemes un hogar musical que nutría su espíritu y lo inspiraba a seguir cultivando la tradición folclórica.


En 1980, Ricardo comenzó a radicarse en El Espinillo por un tiempo, aprovechando su red de amigos y conocidos en la zona de San Martín N.º 2 y Güemes. Durante esos años, trabajó estrechamente con Ricardo Giménez, quien viajaba desde El Espinillo a San Martín y Güemes para comprar algodón y hacienda. Gracias a estas relaciones, Ricardo pudo mantener un vínculo activo con los productores locales y al mismo tiempo fortalecer su actividad musical. Esta experiencia y los lazos cultivados lo motivaron a regresar más tarde a San Martín N.º 2 y Güemes, donde alternó su pasión por la música con el trabajo en el campo, combinando oficio, amistad y tradición chamamecera.


En 1983, a pedido de vecinos y amigos, se presentó como candidato a intendente de Güemes, demostrando que su compromiso con la comunidad iba más allá de la música y el trabajo rural. Con el correr del tiempo decidió volver a vivir a El Espinillo, cerca de sus hijos, donde siguió participando en festivales folclóricos y compartiendo su música con amigos.


Hoy, jubilado, disfruta de la música con su señora y amigos, recordando cada fiesta, cada cancha de carreras, cada encuentro y el viento norte que recorre la región. Una anécdota: Festival del Banano en Clorinda: Ricardo fue invitado por Coki Marola al hotel donde se alojaban, un lugar que se llenaba de risas y charlas entre amigos, para escuchar al “Gringo” Joaquín Sheridan tocar “Paso Jara” y otros temas en una íntima ronda de músicos y amigos. Ricardo observaba atento cómo el maestro hacía cantar al bandoneón, cómo cada nota parecía contar historias del litoral y del pueblo. Aquella experiencia quedó grabada en su memoria como un verdadero tesoro, inspirándolo profundamente y reforzando su amor por la música y el bandoneón. Grabó con varios conjuntos: Otro capítulo importante en la vida musical de Ricardo fue su participación en el grupo de Óscar Rodríguez, con quien grabaron dos discos en Corrientes.


 El conjunto estaba integrado por Óscar Rodríguez como cantor, Juan de la Cruz Rodríguez en guitarra, Ricardo en el bandoneón y Manuel Galeano en guitarra. En la segunda grabación, Manuel fue reemplazado por Ramiro Maza, también en guitarra. Su repertorio se centraba en el chamamé clásico, interpretado con respeto y pasión, manteniendo vivas las raíces del género. Aquellas grabaciones, realizadas con esfuerzo y dedicación, quedaron como testimonio de una etapa artística marcada por la camaradería y la búsqueda de perfeccionar el estilo tradicional que tanto valoraban. Con el Trío Espinillo, Ricardo Alvarenga encontró un espacio musical que marcó una época en la región.


 Él, con su inseparable bandoneón, compartía escenario con Tato Galeano, cantor y guitarrista de voz firme y sentida, y con Venancio Zavan, guitarrista y cantor de estilo auténtico y profundo. Juntos lograron una fusión perfecta entre fuelle, guitarras y canto, que emocionaba en cada presentación. El trío no tardó en convertirse en orgullo de El Espinillo, representando al pueblo durante muchos años en festivales y encuentros chamamecero, donde eran recibidos con aplausos y afecto. La consagración llegó cuando grabaron en Paraguay, llevando al otro lado del río la esencia del chamamé formoseño. Aquellas grabaciones quedaron como testimonio de una amistad, un compromiso y un amor por la música que trascendió generaciones. Cuarteto Norte, con Ángel Ojeda, Lucio y Jorge Olmedo Integro el conjunto Hermanos Godoy (Clorinda) En 2006 representó a Formosa en el Festival Nacional del Chamamé en Corrientes, junto a Bayelo Fernández. Compartió encuentros con Coco y Coki Marola, Bruno Mendoza, Salvador Miqueri, Ricardo Escofano, Dúo Mongeló-Torales, Hermanos Barrios, Hermanos Cardozo, Catalino Guill, Isaco Abitbol, Roberto Galarza, Ramón Villarreal, Salvador Lencina, Matildo González, Pastor Vidraurre, Víctor Figueredo, Hermanos Cena, Hermanos Borda, Carlitos Talavera, Otilio Lezcano, Gabriel “yeyo” Dure y músicos locales como Hermanos Cáceres, Bayelo Fernández, Walter Riquelme, Osvaldo Reniero, los Lezcano y Hermanos Soto Godoy, Ecos lagunenses con “yiyo” Encina ,Fernando Portillo, Hugo Fernández .


La vida de Teófilo Ricardo Alvarenga fue la de un hombre que nunca se apartó de sus raíces: agricultor, futbolista, bandoneonista, anfitrión y chamamecero. Conoció los campos de algodón, las fiestas de fin de semana, la hospitalidad de la gente de San Martín N.º 2 y Güemes, y el viento norte que da identidad a la región. Durante los años 1986, siempre impulsado por su pasión por la música, su trabajo en la carnicería y los encuentros con amigos, Ricardo Alvarenga vivió un tiempo en Clorinda. Allí continuó cultivando la amistad con músicos de la zona los Hermanos Godoy y disfrutando de la música chamamecera en reuniones, festivales y encuentros improvisados.


Su presencia no pasaba desapercibida: con su bandoneón siempre a mano, transmitía alegría y emoción a quienes lo escuchaban, dejando un recuerdo imborrable en cada casa y escenario que visitaba. Con el Cuarteto del Norte, Ricardo Alvarenga no solo llevó su música por la región, sino que también continuó dedicándose a la carnicería, demostrando que su vida giraba entre la pasión por el chamamé y la labor cotidiana. En Riacho He He (2006), siempre motivado por la música y acompañado por amigos que compartían su entusiasmo, participó en festivales, reuniones y encuentros chamamecero, transmitiendo alegría y manteniendo vivas las tradiciones folclóricas del Chaco y Formosa.


Su dedicación por tocar, compartir y cultivar la amistad convirtió cada actuación en un verdadero acontecimiento de comunidad, donde la música se entrelazaba con la vida cotidiana y la hospitalidad de la gente.


Finalmente, Ricardo decidió regresar definitivamente a El Espinillo, cerca de sus hijos, donde se dedica a vender comidas típicas y a la elaboración de chorizos, manteniendo viva la tradición gastronómica local. Allí continúa disfrutando de la música con su familia, amigos y la comunidad, compartiendo chamamé en cada encuentro y manteniendo intacta su esencia de “El Chaqueñito del Bandoneón”, símbolo de pasión, humildad y amistad.


Mensaje para los jóvenes músicos: "Si sienten la música en el corazón, practiquen con pasión, escuchen a los grandes, respeten a sus maestros y nunca dejen que los obstáculos apaguen su arte. La música es un tesoro que se comparte y que nos ayuda a mantener vivo nuestras raíces." En la actualidad, Ricardo sigue compartiendo su música en cada reunión, festival o encuentro chamamecero.


 Hoy lo acompaña su hijo Hugo Alvarenga, quien aporta la guitarra y la voz, manteniendo vivo el legado familiar. Padre e hijo se convierten en un dúo entrañable que transmite no solo melodías, sino también la herencia de una tradición que se fortalece con cada interpretación.


Para Ricardo, tocar junto a su hijo es una de las mayores alegrías de su vida, una manera de saber que el chamamé seguirá sonando en las nuevas generaciones. El Chaqueñito del Bandoneón sigue vivo en cada cancha de tierra, en cada parrillada de amigos, en cada festival y en cada chamamé que suena hasta que asoma el sol.

¿Te gustó esta noticia?

Ayúdanos compartiéndola con tus amigos

Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

Te puede interesar

j