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El Espinillo :Historia de Vida de Doña Sixta Lidia Achucarro

UN VERDADERO EJEMPLO DE CORAJE

08/01/2026 1,059 vistas
El Espinillo :Historia de Vida de Doña Sixta Lidia Achucarro

Doña Sixta Lidia Achucarro nació el 11 de noviembre de 1936 en El Espinillo, una localidad cargada de historia y esfuerzo comunitario. Es hija de Cándido Achucarro y Dominga Oggigin, ambos de origen paraguayo, quienes se establecieron en la zona de Siete Palmas antes de llegar al lugar donde se criaron sus hijos. Según relata Doña Sixta, su familia se asentó en estas tierras alrededor del año 1917, gracias a un hombre llamado Don Valvino Pereira, un correntino que le dio a su padre un terreno de aproximadamente 6 hectáreas. En aquel tiempo, "era todo campo", y la gente simplemente ocupaba el lugar donde podía trabajar y vivir dignamente. Su padre trabajaba como capataz de campo, cuidando animales, y falleció en el año 1941, dejando a su esposa y sus diez hijos, entre ellos Sixta, quien es la octava de los hermanos. A pesar de la dura pérdida, la familia no se quebró. Su madre, mujer valiente y trabajadora, sacó adelante a todos sus hijos, sin entregar a ninguno, ni separarse de ellos. Trabajaban juntos la tierra, sembrando mandioca, poroto, maíz, algodón, y haciendo changas para sobrevivir. Criaban gallinas, chanchos y vacas; si bien no faltaba lo necesario, había que trabajar mucho y sin descanso. Doña Dominga, su madre, falleció a la admirable edad de 98 años, dejando un legado de esfuerzo y dignidad que sus hijos supieron honrar. Infancia y Juventud Doña Sixta recuerda su infancia con nitidez. Asistió a la Escuela N.º 133, institución cuya construcción fue posible gracias al esfuerzo conjunto de vecinos y padres, incluido el suyo. Sus compañeros de aula que aún guarda en la memoria son Rosa y Lucas Rolon, Ángela Quintana, Nélida Giménez, entre otros. Su maestro fue el Sr. José Américo Miño. Destaca especialmente la educación de antes, con una claridad y firmeza que marcan su visión de la vida: "Había que ir a la escuela con guardapolvo blanco, bien limpitos. Las chicas con vinchas blancas, todos peinados, con respeto. A los maestros se los respetaba de verdad. Y jamás se robaba algo del compañero. Eso no existía." Valores como la honestidad, el respeto y el orgullo por la presentación personal eran fundamentales. La escuela no solo formaba estudiantes, sino también buenas personas. En aquellos años, los caminos eran de tierra y los medios de transporte escasos. Se caminaba o se montaba a caballo. Para llegar al pueblo, iban por lo que hoy se conoce como Peña Cué – Santa Librada. En las casas no había luz eléctrica. Se usaban candiles de kerosene, velas o lámparas a gas para alumbrarse por las noches. La cocina se hacía a leña, por lo que nunca debía faltar un buen montón de leña seca junto al horno de barro o el brasero. El fuego se encendía temprano, muchas veces antes del amanecer, para preparar el mate cocido o el pan casero del día. Recuerda también con alegría las antiguas pistas de baile, como la del Sr. Dima Silguero, llamada "9 de Julio", que más tarde fue reemplazada por un negocio del Sr. Fridman. También había un club deportivo con el mismo nombre. En el barrio 8 de diciembre, ahí donde está el “El Japonés", había otra casa con pista de baile, donde la gente se reunía para compartir. Para esas ocasiones especiales, las jóvenes se vestían con sus mejores vestidos, que muchas veces eran hechos por las modistas del pueblo, como Doña Ramona Giménez o Doña Benedicta. Con paciencia y habilidad, ellas tomaban medidas, cosían a mano o con máquina a pedal, y daban vida a trajes que las muchachas lucían con orgullo en las fiestas. La moda se combinaba con la modestia, pero no faltaban los detalles delicados: encajes, moños o bordados. El peluquero del pueblo, Don "Taicho", también tenía un papel importante en esos días de baile. Cortaba el pelo a los hombres y peinaba a los varones jóvenes que querían presentarse bien arreglados. Ir al baile era un evento especial, una oportunidad para el encuentro, el cortejo y la alegría. Entre las anécdotas simpáticas que cuenta Doña Sixta, recuerda la primera vez que vio una bicicleta, que era de Don Dima Silguero, y el primer camión, de Don Emilio Jojot. Verlo era una novedad tan grande que, entre risas, cuenta que salían corriendo de miedo al verlo venir. Vida Adulta y Trabajo A los 17 años, comenzó a trabajar con la familia Miret, donde cocinaba y lavaba. Esta familia, que tenía un almacén, carnicería y compraba algodón, les ayudó mucho a ella y a sus hermanos en esos años difíciles. A los 19 años, viajó a Buena Vista para trabajar en el frigorífico de Don Jure, donde faenaban caballos y ella se encargaba de preparar charque. A los 23 años, en 1960, contrajo matrimonio con Anastasio Grance, con quien formó una gran familia de diez hijos: seis varones y cuatro mujeres. Su esposo era alambrador y peón de campo, y ella se ocupaba de la chacra y de los quehaceres del hogar, asegurándose de que nunca faltara nada. En ese tiempo, las parteras jugaban un rol esencial en las comunidades rurales. Doña Sixta recuerda a Cecilia Ferreira y a Domitila García, mujeres valientes que, sin contar con grandes recursos, asistían a los partos con sus manos, su conocimiento y su fe. Ella misma dio a luz sola en su casa en dos ocasiones, y en otra oportunidad en el hospital. Traer hijos al mundo era una tarea de coraje y de comunidad. Comenta con orgullo que, en aquellos tiempos, "si no trabajabas, no comías", por eso enseñó a sus hijos desde pequeños el valor del trabajo y la dignidad. Dice también con gran satisfacción que ninguno de sus hijos ni hermanos conoció la cárcel ni se involucró en robos, y que todos fueron a la escuela primaria y secundaria, lo cual fue posible gracias a su esfuerzo constante. Con sacrificio, lograron que todos sus hijos completaran la escuela primaria y secundaria, y afirma con orgullo que ninguno de sus hijos ni hermanos fue preso o ladrón, porque el trabajo y la dignidad siempre fueron las enseñanzas principales. Comunidad y Memorias Doña Sixta vive en el barrio 8 de diciembre, el mismo lugar donde nació y creció. El terreno fue repartido por su madre en vida, por lo que la mayoría de sus vecinos actuales son familiares. Hoy, el progreso llegó a su puerta: frente a su casa y cruzando su barrio pasa la Ruta Nacional N.º 86, una vía que antes era apenas una picada de tierra y que hoy conecta pueblos y personas. Recuerda cómo la comunidad era unida y solidaria. Cuando a una familia le faltaba algo, se prestaban entre vecinos: una olla grande, un poco de sal, o yerba para el mate. Nadie pasaba hambre si el otro tenía para compartir. Las familias se ayudaban a carpir, a plantar, a cosechar. Se organizaban entre varios para levantar un rancho o arreglar un alambre. La palabra valía más que cualquier papel, y la solidaridad era parte del día a día. En su comunidad, recuerda a varios vecinos queridos como Marcos Cubilla, María de la Cruz Espínola, José y Guillermo Galeano, Don Sarabia, Don Marcelo Bóveda, entre muchos otros. Recuerda las picadas (caminos rurales) que usaban para trabajar y transitar, y cómo se organizaban entre familias para sembrar y cosechar. En 1972, trabajó con Don Forte, quien tenía una quinta con tomates, limón, morrón y chauchas. Allí trabajaban muchas personas, y ella iba incluso con sus hijos. Más tarde, en 1980, trabajó con "el japonés", quien también empezó con una quinta antes de cambiarse al cultivo de plantas. Presente y Legado En la actualidad, Doña Sixta Lidia Achucarro tiene 88 años. Sigue viviendo en el lugar que fue de sus padres, rodeada de sus hijos y nietos, en tierras que su madre, en vida, repartió entre sus descendientes. Está jubilada y aún es visitada y cuidada por sus seres queridos. El 15 de enero de 2024, perdió a su esposo, Anastasio, después de una vida compartida de trabajo, lucha y amor. A pesar del dolor, sigue adelante con la misma fortaleza que la caracterizó toda su vida. Doña Sixta es un verdadero ejemplo de coraje

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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