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El legado de Ulpiano: la vida de Modesto Ruiz

EL ESPINILLO HISTORIA DE VIDA

04/01/2026 1,687 vistas
El legado de Ulpiano: la vida de Modesto Ruiz

El 12 de junio de 1954, en El Espinillo, nació Modesto Ruiz, el tercero de seis hermanos, hijo de Ulpiano Ruiz y Eugenia Rojas, ambos paraguayos. Ulpiano había nacido en Quiindy, Paraguay, y llegó a la Argentina cruzando por la zona de Bruguéz, buscando nuevas oportunidades. En sus primeros años trabajó en las estancias de Valentín Mendoza y Víctor Consentino, arreando ganado y ganándose el pan con el esfuerzo del campo. En 1947 llegó al Espinillo, donde don Ramón Bordón le cedió un terreno para levantar su casa. El rancho inicial, hecho de palmas, pronto se transformó en un verdadero hogar, En 1949 conoció a la que sería su compañera de toda la vida. En ese tiempo, Ulpiano tenía un caballo muy bueno, que para él era como tener hoy una 4x4. Con ese animal saltaba las tranqueras para poder llegar más rápido a visitar a su enamorada. Esa picardía juvenil lo acompañó siempre como una de sus anécdotas más queridas, de esa relación nacerían y crecerían sus seis hijos: cuatro mujeres y dos varones. En sus ratos libres, Ulpiano dedicaba sus manos al cuero. Fabricaba riendas de cuero crudo, cabezales y guayas que eran muy buscados por los hombres de campo. Un amigo lo animó a fabricar una batea para curtir sus propios cueros y, con paciencia, comenzó a experimentar con el curupay, que machacaba para teñir el material y darle firmeza y color al cuero. Un amigo, cuyo nombre Ulpiano guardó en silencio hasta el final de sus días, lo alentó a no conformarse y a fabricar una batea para curtir sus propios cueros. Con ese gesto simple, pero lleno de confianza, le abrió el camino hacia un oficio que marcaría el destino de su familia. El pequeño taller casero fue creciendo, y la fama de sus productos lo acompañó. En una época donde cada herramienta del campo era vital, el trabajo de Ulpiano se volvió indispensable. El barrio donde vivía la familia Ruiz era el verdadero centro del pueblo. Allí se levantaban las casas de los principales comerciantes, médicos y familias que ayudaban a dar vida a El Espinillo en sus primeros años. El corazón de El Espinillo latía en el centro donde vivían los Ruiz. Allí estaban los comercios y las familias que sostuvieron al pueblo. Entre los vecinos de entonces se recuerdan: Víctor Zárate, Juan Sanabria, Isidro Sánchez, Zenón Villalba (en cuya casa vivía un mecánico dental, don Barreto), Julio Peña con su negocio grande de ramos generales, Méreles Heriberto, Bonifacio “Boni” Miranda con su panadería (que después compraron los monjes), la familia Zavan, los Ledesma, Alejo Gamarra, González “El Palmero” (donde hoy es la casa de los Torres), Raúl Ruiz Díaz, Rolando López con su almacén, y Rivaldy, cuya casa quedaba en la entrada del campo de los Stoll. También se recuerdan a los Fridman, comerciantes de presencia fuerte en la zona. El doctor Calonga vivía en la casona que más tarde usó la cooperativa; esa casona era de Julio Peña, y su esposa, doña “Tota”, daba la bienvenida con trato de vecina . El campo de los Zárate es el que hoy ocupa Tomasi. Había un callejón era más amplia pegado a la capilla del 8 de diciembre y la escuela que iba hacia Espartillito, Paraguay. A ese sector se le decía Marca Espada. Antes de Riachito, vivía un señor de apellido Sosa, dueño de un hermoso naranjal. Con esfuerzo, don Ulpiano logró comprarse un carro. Con él realizaba fletes para los vecinos que compraban mercadería en el negocio de Rolando López. Llevaba esos cargamentos hasta Paraguay, atravesando caminos difíciles, y a la vuelta traía tabaco y caña blanca. Por entonces, ese comercio era ilegal, y con la llegada de los gendarmes a fines de los años cincuenta la mayoría venidos de Buenos Aires, comenzaron los controles en la frontera. Eran tiempos de riesgo, pero también de valentía. El carro fue un símbolo de progreso para la familia: les permitía ganarse un ingreso extra y, al mismo tiempo, estrechar lazos con las comunidades vecinas del otro lado del río. La casa de los Ruiz siempre estuvo llena de trabajo y valores. Doña Eugenia, costurera incansable, vestía a sus hijos con ropa hecha en su máquina, no dependía completamente de lo que llegaba de afuera: producían gran parte de sus propios alimentos. En la huerta cultivaban mandioca, batata, maíz blanco y amarillo, mientras que en el campo criaban gallinas, patos, cerdos y vacas, que se ordeñaban regularmente. Cada comida era fruto del esfuerzo conjunto de toda la familia. Esto enseñaba a los hijos la importancia del trabajo. Incluso en tiempos de abundancia o de escasez, la familia siempre tenía lo necesario para vivir bien, gracias a la dedicación y el cuidado de lo que producían con sus propias manos. El respeto era norma. Modesto recuerda que en esa época nadie pasaba sin saludar con un “buen día, señor” o un “permiso”. Los valores eran tan fuertes que, si un joven cometía un error, la misma familia lo llevaba a pedir disculpas. Así ocurrió cuando un muchacho tomó sin permiso un reloj de Ulpiano: su propio padre lo trajo de regreso para que pidiera perdón. La niñez de Modesto transcurrió entre la chacra, la talabartería y la escuela N.º 133 Rosario Vera Peñaloza. Allí tuvo maestras como la señora Rosa y Oscar Romero. Recuerda a compañeros como Roberto Bóveda, Tato Galeano, Paulino Ruiz y Alberto Benítez. Los hijos de Ulpiano iban impecables a la escuela, con guardapolvos blancos y alpargatas. Si alguno volvía sucio, la hermana mayor reclamaba y se cobraba la falta. Llevaban carteras de cuero hechas por su padre, tan resistentes que duraban de primero a séptimo grado. Pronto, otros niños quisieron tener esas carteras, y Ulpiano comenzó a fabricarlas por encargo. Don Ulpiano no solo enseñaba el oficio del cuero: también inculcaba principios sólidos a sus hijos. Les decía que no se roba, que respetara la palabra dada y que siempre fueran buenas personas. Esa educación estaba presente en cada gesto cotidiano: en la forma de saludar a los vecinos, en la manera de cumplir compromisos, en la honestidad de cada trabajo realizado. Ulpiano entendía que el carácter y la integridad valen más que cualquier riqueza, y su enseñanza se convirtió en el legado más importante que dejó a Modesto y a sus hermanos. En 1962, al terminar la primaria, Modesto comenzó a trabajar en el negocio de ramos generales de don Rolando López. Ese año, con su esfuerzo, logró comprarse su primera bicicleta, un logro que recordaría toda su vida. Luego de su experiencia en el comercio, Modesto se unió al taller de su padre y aprendió el arte de la talabartería. Lo que al principio eran solo ocho cueros al mes, con mucho trabajo manual, con el tiempo se transformó en una producción mucho mayor. En 1969, Modesto conoció la ciudad de Formosa por primera vez. Viajó en un Dítela Familiar de don Toto Consentino, que lo llevo a comprar materiales para la talabartería. Fue un viaje que lo marcó, pues lo puso en contacto con un mundo más grande y lo motivó a seguir creciendo en el oficio. En 1981, Modesto se casó con Sinforosa del Carmen Jara, de Apayerey. Juntos tuvieron tres hijos: Raúl, Laura y Natalia. El 20 de noviembre de 1986 falleció don Ulpiano, dejando a Modesto la responsabilidad de continuar con la talabartería. Él tomó el legado con orgullo y dedicación. En 1997, cuando su madre vendió la casa familiar, Modesto trasladó el taller al lugar donde funciona actualmente, conservando las primeras piletas construidas por su padre, pero ampliando y modernizando el espacio para poder abastecer la creciente demanda. Modesto recuerda que, en la época de su padre, todo se compraba por metros y de a poco: el hilo, la lona, las herramientas. Se trabajaba con lo justo, apenas unos ocho cueros al mes, y aun así la familia vivía bien, con dignidad y sin pasar necesidades. Hoy los tiempos cambiaron. La demanda es mucho mayor, se compra por mayor y en cantidad, y se trabaja más de ochenta cueros al mes. Sin embargo, a pesar de producir y vender más, la vida se siente igual: el esfuerzo es constante y lo que se gana siempre vuelve a invertirse en el taller, en la familia y en mantener vivo el oficio. Hoy tiene sus propios saladeros y utiliza técnicas modernas con taninos, ácidos y cal, pero mantiene la esencia artesanal que aprendió de su padre. En el taller lo acompañan dos secretarios que lo ayudan en la curtiembre. Sus productos: monturas completas, riendas, cabezales, caronas llegan a Pirané, Ibarreta, Monte Lindo, Formosa capital y hasta al Parque Nacional, donde se usan en equipos de campo. Cada día, Modesto visita el taller para realizar los trabajos, aunque su casa está en el centro del pueblo. Allí exhibe con orgullo las piezas que dan identidad a su oficio. Modesto guarda en su memoria las canchas de carrera que existieron en El Espinillo: una frente al actual hospital, otra en el callejón frente a la casa de don Segundo Medina y otra donde hoy está la avenida San Martín. También recuerda las carreras en Laguna Toro, Tres Lagunas, Apayerey y Tacaagle, adonde iban a caballo junto a su padre. La talabartería de don Ulpiano, no era únicamente un espacio de trabajo. También era un punto de encuentro donde clientes y amigos llegaban no solo a encargar productos, sino a compartir un Tere re, contar anécdotas y planear actividades. Allí se hablaba de la vida del campo, de las novedades del pueblo y, muchas veces, se organizaban carreras de caballos y desafíos entre vecinos. Estos eventos no eran simples competencias: se hacían para ayudar a las escuelas de El Espinillo, porque cada carrera significaba recaudar fondos para mejorar la educación de los chicos del pueblo. De ese modo, la talabartería se convirtió en un verdadero centro social, donde el cuero, el trabajo y la amistad se entrelazaban con la solidaridad y el compromiso comunitario. En aquellos tiempos, lo más importante era la palabra del hombre. No hacían falta papeles ni contratos: el compromiso estaba en lo que se decía, y cumplir con la palabra era un orgullo y un deber. Ese valor sostenía la confianza entre vecinos, comerciantes y amigos. Las familias compartían todo. Los cumpleaños de los amigos eran verdaderas celebraciones comunitarias: se reunían varias casas, cada uno aportaba algo y la fiesta era de todos. La solidaridad estaba siempre presente; si alguien necesitaba una mano, siempre había un vecino dispuesto a ayudar. Eran tiempos en que la vida se medía más por la amistad y la unión que por lo material, y donde cada encuentro reforzaba el sentido de pertenencia a un pueblo chico pero lleno de grandes valores. Las noches de baile también dejaron huella. El recreo Guaraní recibía conjuntos paraguayos, y más tarde se destacó la pista El Triunfo, de don Ayali y de Isidorito de la familia Vioti, que fue la más moderna de la época. Allí se reunía la juventud, y la música unía a todo el pueblo. Y en 1978, durante el Mundial, los jóvenes pagaban para ver los partidos en un televisor blanco y negro en la casa de Negro Gómez, hijo de don Honorio Gómez. Eran tiempos distintos, donde el compartir valía más que cualquier lujo. Hoy, Modesto Ruiz no es solo un talabartero. Es el guardián de una tradición que comenzó con su padre Ulpiano en los años cuarenta y que se mantiene viva en cada pieza de cuero que fabrica. El proceso del cuero (la escuela de Ulpiano) El método que aprendió Modesto y que perfeccionó honra la paciencia del oficio: 1. Lavar el cuero para quitar sangre y mugre. 2. Encalar: en 1.500 litros de agua, 2 bolsas de cal, dejar 8 días en piletas. 3. Quitar el pelo, raspar y enjuagar. 4. Ablandar con afrecho de trigo; en frío y calor, sulfato de amonio para limpiar y suavizar (todo manual). 5. Lavar y enjuagar; en 1.000 litros de agua con sal, mover y agregar 100 cc de ácido sulfúrico para matar microbios. 6. Curtido con extracto de quebracho (tanino). el proceso lleva un mes para que el color no destiña y el cuero no manche al usarse. En El Espinillo, la talabartería es más que un taller: es cultura, economía y pertenencia. El cuero no solo se transforma en monturas, riendas; se transforma en herramienta de trabajo para el hombre de campo, en orgullo para quien lleva una pieza hecha a mano, y en recuerdo vivo de la tradición guaranítica y criolla. La talabartería de Modesto Ruiz demuestra que, con oficio, paciencia y respeto, se puede dar futuro a la historia de un pueblo, no es solo un taller: es un acto de resistencia cultural. Fabricar monturas, riendas, cabezales o carteras en El Espinillo significa que el pueblo conserva la capacidad de producir lo que necesita, sin depender de otros lugares, y que mantiene vivo un saber que nació en los campos de la zona. Cada cuero trabajado en las piletas, cada puntada y cada hilo, es la voz de don Ulpiano Ruiz, que enseñó con paciencia el valor de la prolijidad, de la honradez en el trabajo y de la constancia. Modesto no solo aprendió un oficio: heredó una forma de mirar la vida, donde el esfuerzo y la humildad se transforman en dignidad. Mantener vivo el oficio que su padre le enseñó es para Modesto un deber y un orgullo. Es su manera de agradecer y de honrar a don Ulpiano, pero también de dejar un legado a las futuras generaciones, para que El Espinillo siga siendo un pueblo con raíces firmes, donde los oficios no mueren, sino que se multiplican. Su mensaje: A todos los hombres y mujeres de campo que día a día trabajan la tierra, cuidan los animales y mantienen viva la tradición: cada montura, cada rienda y cada carona que sale de nuestro taller lleva un pedacito de su esfuerzo y de su pasión. Ustedes son la razón por la que la talabartería de El Espinillo sigue viva, porque cada producto es herramienta de su trabajo y orgullo de su oficio. Que esta historia sirva para honrar la memoria de nuestras familias, nuestros oficios y nuestra comunidad, y que inspire a las futuras generaciones a trabajar con honestidad, valorar la amistad y mantener viva la tradición que nos une como pueblo. La historia de Ulpiano Ruiz también guarda un secreto: la existencia de un amigo de buen corazón que lo animó a superarse. Nadie conoció su nombre, porque Ulpiano se lo llevó consigo, como quien guarda un tesoro en el alma. Pero ese hombre anónimo representa a todos los que, con gestos sencillos, ayudan a que otro se levante y camine. Su recuerdo vive en cada cuero curtido, en cada rienda trenzada, en cada montura que hoy sigue saliendo del taller de los Ruiz.

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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