Viernes, 01 de Mayo de 2026
Logo
Logo
INICIO
Locales Provinciales Deportes Nacionales Internacionales Cultura Política Religioso Efemerides Policiales

Powered by Aer Multinet

High Performance Media Solution

El Pombero: memoria viva del monte, la comunidad y un maestro que dejó huella

Entre leyendas guaraníes, picadas abiertas a fuerza de sacrificio y una comunidad forjada en la solidaridad, el paraje El Pombero guarda la historia de sus pobladores y del maestro Antonio “Kito” Aguilar, cuya vocación y entrega marcaron a generaciones en uno de los rincones más aislados del monte formoseño.

26/01/2026 407 vistas
El Pombero: memoria viva del monte, la comunidad y un maestro que dejó huella

Según cuentan los antiguos pobladores, el paraje El Pombero recibió su nombre por los misteriosos sucesos que ocurrían en el lugar. Decían que los duendes eran los verdaderos dueños del monte, y que sus silbidos se oían de noche entre los árboles. A menudo, los caballos aparecían desatados o las tranqueras abiertas sin explicación. Por esas historias, el sitio pasó a llamarse El Pombero, en honor al ser mítico que, según la tradición guaraní, habita en el monte. Para llegar al Pombero hay que ingresar por Laguna Gallo, y desde allí recorrer dieciocho kilómetros monte adentro por una picada. En el trayecto se cruza el Monte Lindo Chico a unos cinco kilómetros de Laguna Gallo, existía un puente construido por los propios vecinos, hecho completamente de rollizos. Durante las crecientes, el agua a menudo arrastraba parte de la estructura, y cada reparación exigía esfuerzo físico, ingenio y trabajo colectivo, reflejando la solidaridad de quienes vivían en la zona y su determinación por mantener conectada a la comunidad. Hoy, el puente ha sido reemplazado por uno de hierro, más seguro y resistente, pero aún conserva la memoria del sacrificio de aquellos vecinos que, con sus manos y su constancia, construyeron los primeros pasos para atravesar el monte lindo chico y mantener unidos a los habitantes del Pombero y unos km más se llega a la Escuela N.º 185, que luego fue anexo de la Escuela N.º 108 de Laguna Gallo. La Escuela N.º 185 funcionaba originalmente en el aserradero del señor “Palilo” Stoll, un lugar donde los niños del paraje recibían sus primeras lecciones mientras el trabajo del obrador seguía su curso. Cuando el aserradero cerró, la escuela se trasladó al edificio que hoy la alberga: una construcción pequeña, pero sólida y totalmente de material, que se convirtió en el corazón educativo del Pombero. Su primer maestro fue Hugo Lino González, un correntino, quien, con paciencia y dedicación, dio inicio a la historia de la educación formal en el paraje. Fue uno de los primeros en enfrentar las dificultades del aislamiento, los caminos de tierra y la vida entre el monte, dejando un legado que continuaría años más tarde con la llegada de Antonio “Kito” Aguilar. Las familias pioneras que decidieron vivir en El Pombero fueron los Sanabria, Maza, Aquino, Duarte, Rolon, Ibars y Acosta, entre otras. Ellos fueron los primeros en abrir picadas entre el monte, levantar sus casas de barro y madera, y sembrar la tierra con esperanza. Llegaron en tiempos difíciles, cuando no había caminos firmes ni luz eléctrica y hasta hoy el paraje sigue sin contar con energía eléctrica. Todo dependía del esfuerzo personal y de la ayuda entre vecinos. Con el paso de los años formaron una comunidad unida, donde cada familia aportaba su trabajo y su voluntad: unos en el obraje, otros en los alambrados, la ganadería o el cultivo de la tierra. La vida en El Pombero siempre fue un ejemplo de solidaridad y compañerismo. Si un vecino necesitaba levantar una casa, todos ayudaban; si alguien enfermaba o había una emergencia, acudían sin dudar. Compartían lo poco que tenían: el pan casero, el mate, el terere, las charlas bajo la luna y la fe en San Miguel. Los Sanabria fueron conocidos por su hospitalidad y por mantener viva la tradición de la fiesta San Miguel. Los Maza y Aquino trabajaron largos años en los obrajes y en los campos vecinos; los Duarte se dedicaron a la ganadería y al trabajo rural; don Rolon se destacaba como carpintero, fabricando sillas, mesas y bancos que abastecían a los vecinos y los Ibars y Acosta, que aún conservan sus campos en la zona, se dedicaron al cultivo, la cría de animales. Estas familias, con su sacrificio , dieron identidad al paraje. Fueron ellos quienes, con paciencia y coraje, levantaron el Pombero con sus manos, enseñando a sus hijos a respetar el monte y a valorar el trabajo. Aunque hoy muchos de sus descendientes se hayan marchado en busca de nuevas oportunidades, el espíritu de esos primeros pobladores sigue vivo en cada sendero y en la memoria de quienes aún habitan ese rincón formoseño. Lentamente, el hombre va dejando el lugar al dueño natural del monte. La vegetación, los sonidos y el silencio vuelven a ocupar el espacio donde antes se oían risas de niños. El paraje contaba con una población aproximada de cien habitantes, entre niños y adultos. La mayoría de las familias vivían cerca de la escuela, en parcelas sobrantes que los estancieros dejaron para la comunidad, consolidando así el núcleo del Pombero. A su alrededor se extienden grandes estancias, que también forman parte del paisaje y de la vida económica de la zona, donde se trabaja la ganadería y la madera. Esta distribución reflejaba la forma en que los vecinos se organizaban para aprovechar la tierra, mantener sus hogares cerca de la escuela y sostener una vida comunitaria en medio del monte, rodeado de naturaleza y silencio. Las personas que viven allí son gente trabajadora y sufrida, que depende de la tierra para subsistir. Se dedican a la caza, la ganadería y el obraje, y cultivan pequeñas parcelas de maíz, mandioca, porotos y hortalizas. También crían gallinas, patos, chanchos, ovejas, chivos y ganado vacuno. El monte que los rodea es generoso y a la vez desafiante: entre sus sombras y claros habitan tatús, mulitas, guazunchos, carpinchos, ciervos, yacarés, perdices, loros, charatas y una gran variedad de peces en los esteros y riachos cercanos. Insectos, mosquitos y polvorines son parte del paisaje cotidiano, compañeros inevitables de quienes eligen quedarse. Por las noches, los silbidos misteriosos del Pombero se mezclan con el canto de los pájaros al amanecer y el aullido de los monos carayá, que recorren las copas de los árboles, recordando a los habitantes la presencia viva del monte. Dicen los pobladores que más de una vez alguien se perdió en el monte, desorientado por los silbidos del Pombero, el duende dueño del lugar, que aún cuida sus dominios entre las sombras y el susurro de las hojas. Uno de los nombres más recordados en El Pombero es el del profesor Antonio “Kito” Aguilar, quien llegó al paraje en 1999 y dedicó veinte años de su vida a enseñar en la escuela del lugar. Su tarea fue mucho más que la de un maestro: fue docente, guía, consejero y hasta partero cuando la necesidad lo exigía. En un rincón donde la comunicación era casi nula y la ayuda tardaba en llegar, Aguilar se convirtió en el corazón del paraje. Soportó noches sin luz, con solo el murmullo del monte y los silbidos misteriosos que parecían venir de ninguna parte. Escuchó el canto de los pájaros al amanecer y el rugido de las tormentas cuando la lluvia lo dejaba aislado por días enteros. Muchas veces debió cruzar el agua en canoas o balsas durante las crecientes, o cabalgar bajo el sol ardiente y la lluvia interminable. Hubo épocas en que pasó meses incomunicado, sin poder salir del lugar, sobreviviendo con lo poco que tenía. Si alguna vez lo hacía, era para buscar mercaderías para los chicos del comedor escolar. A pesar de todo, nunca abandonó su vocación ni su compromiso con la comunidad. Enseñó a leer, escribir, sumar y restar, pero también enseñó a vivir con dignidad, respeto y esperanza. Su presencia fue faro y compañía para los niños y las familias que encontraron en él no solo un maestro, sino un amigo. Hoy, su nombre sigue vivo en la memoria del Pombero, entre los árboles y los silencios del monte, como un ejemplo de entrega y amor por la educación Su rutina era dura. En aquellos tiempos, el camino provincial N.º 3 era de tierra, en época de lluvias lleno de barro y obstáculos, y el único medio de transporte posible era el caballo. Kito recuerda que en época de lluvias la ruta se volvía prácticamente intransitable, y muchas veces debía recorrer desde Tres Lagunas hasta Laguna Gallo cabalgando: a veces salía los domingos a las 8 de la mañana y llegaba cerca de las 19 horas. El camino era agotador y peligroso, un sendero donde cada curva y cada barro era un desafío. Cuando finalmente se asfaltó la ruta provincial, todo cambió: el asfalto trajo empuje, progreso y nuevas oportunidades. Laguna Gallo creció notablemente gracias a la mayor facilidad de acceso, y muchos habitantes de El Pombero se acercaron al pueblo para que sus hijos pudieran asistir al colegio rural, conectando la educación con la comunidad y fortaleciendo los lazos entre ambas localidades. Muchos de sus exalumnos son hoy adultos de bien, incluso algunos profesionales, que lo recuerdan con profunda gratitud. Su escuela, hecha de material y sólidamente construida, fue durante años el corazón del paraje. Hoy, lamentablemente, se encuentra cerrada, silenciosa, como si esperara el regreso de los niños y la voz del maestro. A unos cinco kilómetros de Laguna Gallo se debía cruzar el Monte Lindo chico, una zona que se inundaba una vez al año. Las crecientes comenzaban en abril o mayo y podían durar hasta julio, transformando caminos y campos en auténticos ríos. Durante esos meses, el tránsito se volvía casi imposible y la vida cotidiana se tornaba muy difícil: los habitantes quedaban aislados. El paso se hacía únicamente en cachiveo, canoa o balsa, con la ayuda de la familia Molina, encargada del cruce en la cabecera del puente. Ellos ayudaban a la gente y a las mercaderías a pasar durante el día, porque de noche era demasiado peligroso. Muchos recuerdan las largas horas aferrados al alambre guía, luchando contra la corriente y el frío, mientras el agua subía y amenazaba con arrastrar todo a su paso. Estas inundaciones, si bien temidas y peligrosas, también fortalecieron la solidaridad entre los vecinos y enseñaron a las nuevas generaciones la resistencia y la paciencia que exige la vida en el Pombero. Cada creciente era un desafío, pero también un recordatorio de la fuerza de la naturaleza y de la capacidad humana para adaptarse y sobrevivir en un entorno tan salvaje. En El Pombero también existe un cementerio, pequeño y sencillo, pero cargado de historia y recuerdos. Allí descansan los primeros pobladores y sus familias, custodios silenciosos de las raíces del paraje, cada tumba parece contar una historia de esfuerzo, sacrificio y amor por la tierra. Cada año, en El Pombero, se celebra la fiesta de San Miguel, un momento esperado por todos los habitantes del paraje. La celebración tiene lugar en la casa de Camba Sanabria, ex enfermero del lugar, donde las familias se reúnen en torno a la fe y la tradición, compartiendo historias, risas y recuerdos de antaño. No faltan los asados a la estaca, la chipa guazú, la sopa paraguaya y el pan casero, platos que llenan de aromas el aire y reúnen a grandes y chicos alrededor de la mesa. Los promeseros del lugar cumplen su devoción con respeto y alegría, caminando por los senderos del monte y llevando consigo la fe que une a la comunidad. La fiesta no solo es un acto religioso, sino también un símbolo de identidad y de resistencia cultural, donde se renuevan los lazos vecinales y se recuerda la historia de quienes hicieron del Pombero su hogar. Antiguamente existía en El Pombero una pequeña sala de primeros auxilios, que brindaba atención sanitaria básica a los vecinos del paraje. Era un lugar vital para la comunidad, donde se curaban heridas, se asistía a los enfermos y se acompañaba a las mujeres en los partos cuando no había médicos cerca. Para los pobladores, su función iba mucho más allá de la salud: representaba seguridad, contención y cercanía en un entorno aislado y alejado de los servicios urbanos. Hoy, la sala está cerrada, pero su memoria persiste entre los habitantes. Hoy, el Pombero se va quedando solo. Las familias, poco a poco, van marchándose, buscando un futuro mejor para sus hijos. Los jóvenes crecen y se van, algunos hacia Laguna Gallo, otros hacia Tres Lagunas o las grandes ciudades. Se van con el corazón apretado, dejando atrás la tierra de sus abuelos, las huellas de sus juegos infantiles y los senderos que conocían desde siempre. En sus recuerdos, los duendes del lugar parecían jugar con ellos entre los árboles, acompañar las risas de las fiestas y mezclarse con los silbidos del monte, como cómplices invisibles de cada juego y cada celebración. El silencio se vuelve más profundo, y aunque el monte sigue vivo con el canto de los pájaros y los aullidos de los monos carayá, faltan las voces de los niños, el paso de los caballos y las risas de la comunidad. Ese rincón escondido del monte formoseño conserva aún la voz del maestro Aguilar y los ecos antiguos de los silbidos del Pombero, como recordatorio de un pasado que lentamente se aleja. En la actualidad, el Pombero cuenta con muy poca población, que no supera los cincuenta habitantes, todos adultos. Los jóvenes crecieron y se fueron, buscando oportunidades, dejando atrás sus juegos, sus risas y la frescura de la infancia que antes llenaba el monte. Hoy, los caminos y las picadas se escuchan más silenciosos, y la voz de los niños ha sido reemplazada por el murmullo del viento entre los árboles, el canto de los pájaros y los ecos de los viejos silbidos del Pombero. Sin embargo, los adultos que permanecen conservan la memoria, la tradición y la resistencia de sus antepasados. Ellos mantienen la tierra, los animales y la vida cotidiana, recordando que, aunque el paraje se ha ido vaciando, el espíritu del Pombero sigue vivo en cada esfuerzo, en cada historia y en cada recuerdo que permanece entre sus árboles y sus senderos. Rodeado de monte espeso, vegetación autóctona, picadas que se internan entre árboles y arbustos, y el constante murmullo de los insectos, el Pombero es más que un paraje es un rincón donde el hombre y la naturaleza conviven con respeto. Entre palmeras, quebrachos, algarrobos y espinillo, los senderos se abren apenas para quienes conocen la tierra, y los árboles parecen custodiar cada historia y cada esfuerzo de sus habitantes. Allí, un hombre, a fuerza de voluntad y sacrificio, dejó su huella entre los árboles y el tiempo, enseñando que la educación y la dedicación pueden florecer incluso en los lugares más recónditos. Antonio “Kito” Aguilar, quien se recibió en el Instituto de El Espinillo, llegó al Pombero con la vocación de enseñar y el compromiso de servir a la comunidad. En 2019, Antonio “Kito” Aguilar asumió primero la dirección de la escuela de Salvación, y ese mismo año aceptó la dirección de la EPEP 108 de Laguna Gallo, continuando con su labor educativa en la zona. Tras cuatro años de servicio en este cargo, en 2023 se jubiló, cerrando un ciclo lleno de entrega, compromiso y dedicación a la educación. A pesar de los nuevos caminos que la vida le presentó, siempre guardó en su memoria al Pombero y a su gente, recordando con cariño sus inicios en la docencia y los veinte años de trabajo incansable en aquella comunidad recóndita del monte, donde dejó una huella imborrable. El Pombero no es solo un paraje perdido entre el monte; es una historia viva de esfuerzo, fe y esperanza. Cada árbol guarda el eco de las voces que alguna vez poblaron sus senderos, cada silencio susurra los recuerdos de quienes hicieron patria con sus manos. Allí, donde el viento aún trae el silbido del duende y la memoria de los niños que crecieron entre el barro y la fe, perdura el legado de Antonio “Kito” Aguilar. Su vida entre esos caminos no fue solo la de un maestro, sino la de un constructor de sueños, un hombre que enseñó que educar también es un acto de amor y resistencia. Su paso por el Pombero dejó una huella profunda, no solo en la tierra, sino en el corazón de todos los que aprendieron de él que la verdadera educación nace del compromiso, la empatía y la entrega. “Kito” Aguilar A los que recién comienzan, les deja un mensaje simple pero poderoso: “No hay distancia demasiado grande cuando se enseña con el corazón. Cada niño, por más lejos que viva, merece una oportunidad. Educar es sembrar esperanza, aun cuando el camino sea de barro y silencio. Nunca olviden que, con cada clase, también están haciendo patria.” Y a las familias del Pombero, su gratitud eterna: “Gracias por abrirme sus puertas, por el mate y el terere compartido, por la confianza y el cariño. Gracias por enseñarme que la grandeza no está en los títulos, sino en la humildad y en la fuerza de una comunidad que resiste.” El Pombero sigue siendo un rincón del alma formoseña, donde la memoria, la fe y la vocación permanecen intactas. Allí, entre duendes, monte y recuerdos, sigue latiendo el corazón de un maestro que hizo de su vida una lección de amor y entrega. (Agradezco el colega ,amigo Antonio “Kito”Aguilar por su historia y por contarnos una parte de la historia de “El Pombero”

¿Te gustó esta noticia?

Ayúdanos compartiéndola con tus amigos

Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

Te puede interesar

j