Y ahí aparece una responsabilidad enorme de los adultos.
Porque acá no se trata de ganar “a lo mbareté”, a la fuerza o de cualquier manera.
Ganar siendo mejor dentro de la cancha y aceptando también cuando el rival fue superior.
Ese es el ejemplo que debemos dejar.
También debemos cuidar el comportamiento alrededor de la cancha.
Los chicos no pueden crecer creyendo que la violencia es algo normal dentro del deporte.
Los padres somos una pieza fundamental.
Nuestros hijos observan cómo reaccionamos cuando ganan y cuando pierden.
Escuchan lo que gritamos desde afuera.
El Espinillo vive hoy un momento importante:
Basta de utilizar a los chicos.
Los niños no pertenecen a ningún sector político.
Sus sueños y sus ilusiones no pueden ser instrumentos de una disputa entre adultos.
Eso sí transforma la vida de nuestros niños.
Acompañemos a quienes trabajan.
Respaldemos a las escuelas deportivas.
Capacitemos a quienes dirigen.
Busquemos árbitros responsables.
Y principalmente, garanticemos igualdad para todos.
Que ninguna camiseta pese más que otra.
Que ningún equipo tenga privilegios.
Que ningún chico crea que necesita ayuda para ganar.
Que ningún padre piense que insultando está defendiendo a su hijo.
Quizás dentro de algunos años muy pocos lleguen a ser futbolistas profesionales.
Pero todos serán hombres y mujeres que formarán parte de nuestra sociedad.
El Espinillo tiene hoy una oportunidad hermosa.
Cuidémosla entre todos: padres, entrenadores, árbitros, dirigentes, instituciones y autoridades.
Enseñemos a nuestros hijos que no hace falta ganar “a lo mbareté”.
Se gana con trabajo, esfuerzo, sacrificio, respeto y honestidad.