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Homenaje a don Pedro Bourdin, el primer maestro de El Espinillo

Historia de vida

12/01/2026 859 vistas
Homenaje a don Pedro Bourdin, el primer maestro de El Espinillo

Llegado desde Asunción del Paraguay en octubre de 1917, suizo-francés de origen y padre de un secretario del Consulado Suizo, don Pedro Bourdin eligió los confines del entonces naciente El Espinillo para dedicar su vida a la enseñanza. Con esfuerzo silencioso, vocación inquebrantable y una capacidad pedagógica excepcional, fue el primer maestro de la región y formador de generaciones de niños y jóvenes de El Espinillo, Yuimilae y la Estancia Santa Margarita. Este homenaje recupera y amplía la semblanza pronunciada en 1977 por el Dr. Ricardo Cosentino, primer médico nacido en El Espinillo, como un acto de memoria, gratitud y justicia hacia quien sentó las bases de la docencia y del amor al conocimiento en estas tierras. Con motivo de la inauguración de la Escuela N° 7 de Frontera, ex Escuela Nacional N° 41, el Dr. Ricardo Cosentino evocó los recuerdos de su niñez que lo remontaron al 18 de octubre de 1917, fecha de su primer día de clases. Aquella evocación no fue solo un ejercicio de nostalgia, sino el cumplimiento de una deuda moral: honrar la memoria del primer maestro de El Espinillo, don Pedro Bourdin, verdadero educador de los días fundacionales de la comunidad. Don Pedro Bourdin desarrolló su labor educativa entre los años 1917 y 1922, enseñando las primeras letras y los conocimientos elementales de la instrucción primaria a niños y adolescentes de El Espinillo, Yuimilae y de la Estancia Santa Margarita, propiedad de los señores Alfonso Chir y Belisario Torres. Su tarea fue excepcional, no solo por la eficiencia y profundidad de sus enseñanzas, sino por las condiciones adversas en las que debió ejercer la docencia, en una región aún en formación, sin estructuras escolares formales y con grandes distancias que recorrer. Es justo que quienes fueron sus alumnos den a conocer la magnitud de esa labor. Don Pedro Bourdin fue el primer maestro indiscutido de estos lugares y dejó formados a la mayoría de los 31 alumnos con los que se inició la primera Escuela Nacional de El Espinillo, cuyo funcionamiento formal comenzó en 1922 bajo la dirección de don Luis Montenegro Paiva, quien llegó a la zona el 19 de junio de ese año en carreta, acompañado por su esposa, doña Juana Civetta de Montenegro. En aquellos parajes donde familias pioneras como los Jojot, Zechi, Chir, Aranda, Barretos, Bobadilla, Torres y otras sentaban los cimientos de lo que con el correr de los años sería el pueblo de El Espinillo, se integró don Pedro Bourdin en octubre de 1917. De carácter solitario, suizo-francés de origen, llegado desde Asunción del Paraguay —donde su hijo se desempeñaba como empleado del Consulado Suizo—, fue atraído por la presencia de pobladores identificados con él por el idioma francés, como los Jojot y los Chir, y quizá también por el deseo de dejar atrás desilusiones de su vida pasada. Don Pedro dedicó horas, días, meses y años a transmitir conocimientos poco comunes para la época y el lugar, valiéndose de una extraordinaria capacidad para enseñar. Con respeto y cariño, así lo recordaban sus alumnos. Su organización era tan rigurosa como sacrificada: los seis días hábiles de la semana los dividía en dos períodos. Los lunes, martes y miércoles enseñaba en Yuimilae, en la margen derecha del riacho Porteño, utilizando como aula la casa de don Emilio Jojot, donde dictó su primera clase el martes 15 de octubre de 1917. Los jueves, viernes y sábados —cuando aún no existía el “sábado inglés”— enseñaba en la Estancia Santa Margarita, a una legua al oeste de El Espinillo, en la zona hoy conocida como Loro Cué. El recorrido entre ambas sedes lo realizaba dos veces por semana montado en su manso caballo criollo, llevando sobre el apero sus maletas cargadas de libros, cuadernos, pizarras, lápices, tizas, compases, reglas y todo el material necesario para la enseñanza. El “año lectivo” no se medía por calendarios, sino por el tiempo que cada grupo de alumnos tardaba en dominar el contenido de los libros de lectura, que se sucedían de manera progresiva y cada vez más profunda. Entre octubre de 1917 y comienzos de 1920, el grupo de alumnos integrado, entre otros, por Chamba, Rubito, Leonardo, Gerardo, Víctor, Julio, Asunción, Enrique, Anita, Estela, Carmen, Filomena y María Antonia cursó cinco “años” lectivos en aproximadamente veintisiete meses. Comenzaron con el libro “Ala” y continuaron con “Buenos Días”, “Buen Amigo”, “Trabajo” y “Vida”. Paralelamente, don Pedro enseñó escritura, caligrafía, ortografía, significación de palabras, redacción, dictado, exposición y recitado. Con cada nuevo año lectivo ampliaba los conocimientos en gramática, aritmética, geometría, geografía, historia y ciencias naturales, abarcando el reino mineral, vegetal y animal, así como el estudio del hombre. Enseñaba los puntos cardinales, los fenómenos atmosféricos, la religión y la instrucción cívica, formando en sus alumnos la idea de Dios y de Patria, el respeto a los próceres y a los mayores, el amor a los símbolos patrios —la Bandera y el Escudo— y el orgullo de conocer y cantar el Himno Nacional Argentino. Su enseñanza no solo transmitía saberes, sino que forjaba valores y ciudadanía, demostrando su total entrega a la Patria de adopción y su deseo de formar verdaderos ciudadanos argentinos. Desde el tercer año lectivo, introdujo a sus alumnos en el aprendizaje del idioma francés, lo que dio lugar a un lenguaje singular en los juegos infantiles, mezcla de castellano, guaraní y francés. La eficacia de su método quedó demostrada cuando, en apenas veintisiete meses de aprendizaje, tres de sus alumnos fueron admitidos, previo examen, en el sexto grado —último de la instrucción primaria— del Colegio San José de Asunción, Paraguay. El propio Dr. Ricardo Cosentino dio testimonio de esa capacidad pedagógica a lo largo de sus estudios secundarios, comprobando que los sólidos conocimientos adquiridos en aquellos escasos dos años y medio de instrucción primaria le permitieron avanzar sin dificultades, impulsado además por el amor al estudio que supo infundirle aquel gran maestro. Honrar a los maestros es ennoblecer a los pueblos, a las instituciones y al ser humano. Reconocer a quienes han sido guías espirituales e intelectuales da sentido de permanencia a los valores éticos de la convivencia y jerarquiza la labor humana realizada con amor, entrega y servicio. En ese espíritu, este homenaje busca hacer justicia a la figura de don Pedro Bourdin, primer maestro de El Espinillo, y a través de su persona, rendir tributo a todos los docentes que, en cada rincón de la Patria Argentina, entregan silenciosamente su saber y su vida para desterrar el analfabetismo y construir un futuro más digno para las nuevas generaciones.

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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