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Mauricio Espinoza “El hombre que creyó en la educación, en Dios y en la medicina”

Historia de vida

10/01/2026 1,414 vistas
Mauricio Espinoza “El hombre que creyó en la educación, en Dios y en la medicina”

El Dr. Mauricio Espinoza nació el 9 de mayo de 1950 en Granada, República de Nicaragua, hijo de Carlos Espinoza (fallecido) e Isabel López (quien actualmente reside en Estados Unidos). De ambos lados existían hijos extramatrimoniales, y del matrimonio nacieron siete hermanos, siendo Mauricio el mayor. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Salesiano de su ciudad natal. Desde muy joven fue consciente de que el estudio sería su mejor herramienta en la vida. Cuando un medio hermano propuso llevarlo a Estados Unidos para trabajar, su padre le consultó si quería aceptar la oportunidad. Mauricio se negó rotundamente, convencido de que “un hombre sin estudios es un hombre pobre”. No quería dinero rápido a cambio de perder su sueño de formarse. Tras culminar el bachillerato, intentó ingresar a la universidad en Nicaragua, pero los exámenes de ingreso en especial el de matemática de ingeniería le impidieron lograrlo. Perdió tres años en reiterados intentos fallidos. Aun así, nunca perdió la fe: creía firmemente en Dios, y estaba convencido de que todo tenía un propósito. Sin embargo, el destino lo llevó a conocer a un médico que había estudiado en Córdoba, Argentina, quien lo animó a probar suerte allí. Con el apoyo de su padre, comenzó a enviar cartas buscando referencias, hasta que finalmente una de ellas llegó a manos de una familia cordobesa dispuesta a ayudar. En 1971 emprendió el viaje hacia Argentina. El desarraigo fue duro: dejar a su familia, sus amigos y su pueblo lo llenó de tristeza. Pero en el vuelo ocurrió un hecho providencial: entabló amistad con un joven pasajero, a quien le contó que al llegar debía dirigirse a un hotel llamado “Sibele”. Conmovido por su situación, el joven y su familia lo acompañaron hasta el hotel en automóvil, gesto que Mauricio nunca olvidó y que luego agradeció por carta. Durante ocho días permaneció en el hotel hasta regularizar su documentación. Luego se trasladó a Córdoba capital, donde vivió en una pensión en la calle Santa Rosa 1610, frente al Hospital de Clínicas. El frío cordobés fue un gran desafío para alguien acostumbrado a vivir con clima tropical, al punto de dormir bajo tres frazadas para soportarlo. Más adelante se mudó junto a otros estudiantes nicaragüenses a una casa más amplia, propiedad del Dr. César Cremolini, fundador de la Escuela de Homeopatía en Argentina. Allí nació también su interés por esta rama de la medicina. En 1979 se recibió de médico clínico en Córdoba y completó su formación en homeopatía. Con su título en mano, envió cartas a distintas provincias argentinas, buscando un lugar para ejercer. Solo Formosa respondió. En 1980 viajó a dedo hasta la capital provincial, y apenas llegado se encontró con la Dra. Rosa Ramírez, ex compañera de estudios en Córdoba. Ella lo llevó a su casa y lo presentó a su padre, don Ramírez, funcionario del gobierno, quien lo ayudó con las gestiones necesarias. El 3 de julio de 1980 llegó por primera vez a El Espinillo, designado como director del hospital local. Su llegada marcó un antes y un después en la historia de la salud de la comunidad. Hasta entonces, muchos vecinos humildes acudían a los llamados “médicos ñana”, como doña Paulina Ruiz Díaz o el recordado médico Caí, quienes eran consultados por la gente debido a las creencias populares de la época. Con el tiempo, estas personas fallecieron y la población comenzó a volcarse al hospital, donde encontraron atención médica formal. La presencia del Dr. Espinoza fue clave en esa transición: brindó confianza, cercanía y un servicio constante, ganándose el respeto de todos. También debe recordarse que, en esa época, los medicamentos no eran gratuitos como ahora. Los vecinos debían comprarlos en las farmacias locales, principalmente en la de Ayde Méreles y la de Ambrosio Solís, que eran las más concurridas. El acceso a la salud era un desafío, pero gracias a la labor constante del Dr. Espinoza y al crecimiento del sistema sanitario, hoy en día los pacientes pueden acceder a medicamentos sin costo, un verdadero alivio para las familias, algo impensado en aquellos años difíciles en que el acceso a la medicina era limitado. Allí trabajó durante cinco años como único médico, hasta la llegada de nuevos colegas como el Dr. Carlos Alberto Escobar, el Dr. Hernán Fretez y el odontólogo Dr. Poletti. Los traslados de pacientes eran toda una odisea: la ambulancia muchas veces quedaba encajada en el barro y era necesario que dos familiares viajaran con palas para poder ayudar en el camino. En 1983 adquirió una casa en El Espinillo, que había pertenecido a la partera Azuaga. Allí instaló su consultorio particular de homeopatía, donde atendió durante décadas. También soñó en grande: comenzó la construcción de una clínica de dos pisos, proyecto que simbolizaba su apuesta por el pueblo. Sin embargo, circunstancias personales incluida su separación impidieron que pudiera concluir la obra. Aun así, su labor en medicina homeopática lo volvió reconocido en toda la provincia e incluso más allá de las fronteras. Pacientes de Formosa capital, Clorinda y distintas localidades llegaban a consultarlo, y también personas de otros países. Trataba enfermedades como lepra, bronquitis, gastritis, asma, artrosis y dolores crónicos, ganándose la confianza de quienes buscaban una alternativa más económica y efectiva. En lo personal, se casó en 1975, y fruto de ese matrimonio nacieron sus dos primeros hijos: Diego (hoy médico) y Tania (abogada). Años después, en el 2000, formó pareja nuevamente en Laguna Blanca, donde reside actualmente y tuvo una hija. Además de su labor médica, fue medico en el Colegio N.º 8 de El Espinillo, con directores como Guillermo Bergenthuin, Sara Bozano y Sofía Sosa, hasta jubilarse en 1999. El Dr. Espinoza también fue testigo del desarrollo de la localidad: en 1985 llegó el teléfono domiciliario, mejorando la comunicación; los intendentes fueron sucediéndose desde Escudero, Armando Oliva, Virgilio Insfrán, Anselmo Portillo, Arnaldo Soler y Arcadio Vera, entre otros. Sus primeras amistades en el pueblo fueron la familia Benítez (Agustín, “Chivo” Jorge y Miguel “Pastelito” /Rabito) y vecinos como Galarza, Solís, los Jara, los Vioti y los Leguizamón. Recuerda con especial cariño que, en aquellos tiempos, frente a su casa existía un proyecto de un playón deportivo, donde funcionaba también una cancha de básquet. Allí, junto con los Benítez, don Coca y otros vecinos, se reunían para compartir momentos de amistad y recreación, disfrutando de la vida sana y comunitaria. Con el tiempo, ese espacio fue destinado a otros usos, pero en la memoria del doctor permanece como uno de los símbolos de sus primeros años en El Espinillo. Hoy, al mirar atrás, rescata la hospitalidad y el cariño de los vecinos de El Espinillo, quienes lo recibieron y lo hicieron sentir uno más. Con fe y esfuerzo, construyó una vida de servicio que lo convirtió en parte inseparable de la historia de la comunidad. “Dejar mi patria, mi Granada querida, mi familia y mis amigos, no fue fácil. Fue una decisión dura, llena de lágrimas y de incertidumbre. Pero Dios puso en mi camino la posibilidad de venir a la Argentina, y aquí encontré no solo un lugar para estudiar, sino también una tierra generosa que me abrió las puertas para cumplir mi sueño de ser médico. A veces uno no dimensiona lo que significa comenzar de cero en un país que no es el propio, soportar el frío desconocido, extrañar el calor del hogar, pero también valorar cada oportunidad. En Córdoba aprendí no solo medicina, sino también el valor del esfuerzo, la solidaridad de la gente y la importancia de la educación como herramienta de libertad. Hoy miro hacia atrás y agradezco a esta tierra, a la Argentina, que me permitió formarme, ejercer mi vocación y servir a un pueblo noble como El Espinillo. Por eso quiero dejar una enseñanza: valoren lo que tienen. Muchos hijos de esta tierra no reconocen las oportunidades que ella les brinda. La educación, la salud gratuita, las posibilidades de crecer... son tesoros que en otros países se sueñan, pero aquí están al alcance. Yo elegí el camino del estudio porque siempre pensé que ‘un hombre sin educación es un hombre pobre’. Y hoy puedo decir con orgullo que ese camino, con sacrificio y con fe en Dios, me dio la oportunidad de ser útil a los demás. Que mi historia sirva de ejemplo para nunca olvidar que el esfuerzo abre puertas, y que la gratitud a la tierra que nos recibe es un deber del corazón.” Mensaje del Dr. Mauricio Espinoza a la comunidad de El Espinillo “Queridos vecinos y amigos de El Espinillo: A lo largo de los años he visto crecer a este pueblo, he compartido alegrías, luchas y también dificultades. Llegué como médico con la ilusión de servir, y fue aquí donde encontré un hogar, amigos y una familia que siempre llevaré en el corazón. Quiero dejarles un mensaje claro: la salud es el mayor tesoro que tenemos. Debemos cuidarla con responsabilidad, con prevención, con amor por la vida propia y la de los demás. Nunca olvidemos que sin salud no hay trabajo, no hay estudios ni progreso. Hoy contamos con recursos que antes parecían imposibles: hospitales más equipados, medicamentos gratuitos, profesionales preparados. Esto debe motivarnos a valorar lo que tenemos y a cuidar cada paso en la construcción de un futuro mejor. El Espinillo tiene un gran destino por delante. Lo imagino como un lugar donde cada niño pueda crecer sano y estudiar, donde los jóvenes encuentren oportunidades sin tener que irse lejos, donde las familias vivan en paz, con trabajo y dignidad. Sigamos apostando a la educación, al respeto, a la solidaridad y a la fe en Dios. Él ha guiado mis pasos y estoy convencido de que también guía a este pueblo noble. Con cariño y gratitud les digo: cuiden su salud, cuiden a sus familias y trabajen unidos por un Espinillo cada día más grande, más humano y más fuerte. — Dr. Mauricio Espinoza”

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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