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Papi Bracho, el acordeón que marcó una época en Isla Joby

Nacido en el corazón rural de Isla Joby, Lucio Ramón “Papi” Bracho construyó su vida entre la chacra, la familia y la música. Acordeonista autodidacta y protagonista de los bailes, serenatas y encuentros comunitarios que dieron identidad a toda una región, su historia es memoria viva de una época donde el acordeón era mucho más que un instrumento: era el alma del pueblo.

02/02/2026 472 vistas
Papi Bracho, el acordeón que marcó una época en Isla Joby

El Acordeonista de Isla Joby:


La Vida de Papi Bracho Lucio Ramón Bracho, conocido cariñosamente como “Papi”, nació el 13 de diciembre de 1946 en Isla Joby. Sus padres fueron Albino Bracho y Natividad Mercedes Rodríguez.


 Fue el Segundo hijo de doña Natividad, quien tuvo en total ocho hijos. De niño, vivió con su familia en la chacra que hoy pertenece a Francisco Ayala, en Isla Joby. Asistió a la Escuela Nacional N.º 41 (hoy Frontera 7, conocida como la Escuela Vieja), donde su director fue el señor Córdoba.


Entre sus compañeros recuerda a Carlos Jojot y a Lorenzo Pineda (radicado en Tacaaglé).


La madre de Papi trabajaba en la chacra, criando gallinas y chanchos, además de sembrar maíz, mandioca, porotos y algodón. A los 14 años, su madre lo llevó junto a su hermano a Paraguay para estudiar música. Papi aprendió acordeón, mientras que su hermano se dedicó al arpa.


 Vivieron un año en la casa de su tía, con el fuerte apoyo de su madre. Sus profesores fueron Flavio Pesoa y Papi Riveros Mesa, quienes le enseñaron las escalas y técnicas del acordeón.


Su madre le compró su primer acordeón: un Hohner de 32 bajos y 3 cambios. Más adelante, lo cambió por uno de 120 bajos y 5 cambios. Con gran habilidad, aprendía escuchando la radio y practicando las melodías.


Posteriormente, vivió unos 3 años en Luque, Paraguay, donde continuó perfeccionándose. Su madre también tuvo una chacra en Tacaaglé, de unas 30 hectáreas frente a la comunidad aborigen, donde residieron por un tiempo. Después se trasladaron a Santa Librada.


A los 15 años, Papi Bracho formó su primer conjunto musical, llamado Diamantes del Litoral. Los integrantes fueron: • Julio Pérez (Cabayu Ray) – guitarrista • Venancio Zavan – guitarrista y cantante • Miguel Franco – acordeonista • Ovelar González – guitarrista y cantante • Los hermanos Márquez “Teté” • Papi Bracho – acordeonista Con su grupo recorría localidades como Ingeniero Juárez, Belgrano, Estanislao del Campo, El Espinillo, Apayerey, Laguna Gallo, Tres Lagunas e incluso Paraguay, donde se presentaron en la Radio ZP1 Nacional, tocando junto al dúo Ovelar González.


Los conjuntos musicales de la época tenían una función social fundamental: eran contratados para cumpleaños, bailes populares, casamientos ,serenatas y fiestas familiares.


Una de las costumbres más arraigadas eran las serenatas, donde los músicos acompañaban al enamorado para llevarle música a su novia, o para sorprender a alguien en su cumpleaños.


Estas prácticas eran parte de la tradición cultural de la zona y marcaban la vida comunitaria, costumbres que hoy ya casi no se realizan.


En aquellos años, las pistas de bailes eran el centro de la vida social de los pueblos. Allí no solo se escuchaba música, sino que se reunían familias enteras: Madres, padres y hermanos acompañaban a las hijas al baile.


 Los novios solían pagar la entrada no solo para ellas, sino también para sus familiares. Esto convertía a las fiestas en encuentros comunitarios donde reinaba la camaradería y el respeto.


 La corriente musical de la época estaba muy influenciada por Paraguay, por lo que predominaban las polcas paraguayas y el chámame. Estas melodías acompañaban cada celebración, marcando la tradición y la identidad cultural de la región. Papi Bracho recuerda que a veces tocaban hasta cuatro horas seguidas, iluminados apenas por lámparas a gas o kerosén.


 Entre las pistas más recordadas están: Recreo Guaraní de don Tito López y doña Rubia Ruiz Díaz (El Espinillo) El Triunfo de don Ayali San Cayetano de doña Lidia Montiel El Trébol La Calandria en Apayerey


En la época de juventud de Papi, los medios de transporte eran muy distintos a los de hoy: La gente iba a los bailes en carros, a caballo, en bicicletas, camionetas o incluso a pie.


Los caminos eran de tierra, lo que hacía muy difícil la comunicación. Si los músicos salían a tocar y los sorprendía la lluvia, a veces quedaban varados durante días o incluso meses en el lugar donde habían ido a actuar, porque los caminos quedaban intransitables.


Muchos de los que llegaban a la zona eran cosecheros, trabajadores que venían con sus familias para la temporada de algodón.


 En 1969, se casó con Edith Enciso, por iglesia en Laguna Blanca y por civil en Apayerey, ceremonia realizada por Coco Bordón. Del matrimonio nacieron seis hijos. En su domicilio de Isla Azul, instaló una pista de baile llamada “El Amanecer”, donde varias generaciones disfrutaron de la música de los conjuntos de la época.


En esos años no había luz eléctrica ni equipos de sonido modernos; las noticias y novedades musicales llegaban a través de Radio Nacional o emisoras paraguayas.


 En 1977, decidió dejar la música para dedicarse a su familia y a la chacra, cultivando algodón y alimentos para subsistir. La tierra pertenecía a la familia y fue dividida con su hermano; Papi eligió quedarse en Isla Azul. Recuerda que antes por allí pasaba el colectivo, siendo camino principal hacia El Espinillo.


La parada estaba en la casa de doña Casimira, madre de Julio Caballero. Incluso existía un hospedaje al frente estaba la bajada de Yui Milae (actual casa de la familia Pedroso).


Hoy en día, Papi Bracho está jubilado y se dedica al comercio en Isla Azul. Su esposa Edith, docente también jubilada, lo acompaña en esta etapa de vida. “A los muchachos que hoy sueñan con la música les digo: toquen siempre con el corazón. No se conformen con aprender notas, aprendan a sentirlas.


 La música no se hace para presumir, sino para compartirla, para que otros rían, lloren y recuerden. Sean disciplinados, respeten a los mayores y nunca olviden de dónde vienen, porque las raíces son las que dan fuerza al sonido.


No tengan miedo de equivocarse: cada error es un paso hacia la melodía verdadera. Y, sobre todo, mantengan la humildad, porque un músico sin humildad es como un acordeón sin aire: no suena. Sigan adelante, que la música es un camino que no termina nunca.”

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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