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POR QUÉ LE TENEMOS TANTO MIEDO A ENVEJECER (Y QUÉ NOS ESTAMOS PERDIENDO EN EL CAMINO)

02/08/2026 1,318 vistas
POR QUÉ LE TENEMOS TANTO MIEDO A ENVEJECER (Y QUÉ NOS ESTAMOS PERDIENDO EN EL CAMINO)

El otro día leí un dato que me dejó pensando. Según un estudio reciente sobre consumo digital, más del 70% de los filtros de fotos que se usan en las aplicaciones móviles tienen un solo propósito: borrar el paso del tiempo. Nos alisamos las arrugas, nos quitamos las canas, nos estiramos la mirada. Queremos que la pantalla le diga al mundo que el tiempo no pasa para nosotros.


 Vivimos obsesionados con la eterna juventud. Rendimos culto a la piel firme, al músculo marcado, al entusiasmo inagotable y a esa productividad frenética que parece no cansarse nunca. Sin embargo, en esta fiesta de luces de neón y juventud eterna, hay tres invitados a los que les hemos cerrado la puerta con candado: la vejez, la fragilidad y la muerte.


Nos incomodan. Nos generan un cortocircuito. Si alguien enferma, preferimos hablar de «su batalla» en voz baja; si alguien envejece, la industria nos vende la ilusión de que se puede «revertir»; y cuando la muerte finalmente toca la puerta, no sabemos qué decir, cómo reaccionar ni dónde meter el dolor. Hemos convertido el duelo en un trámite incómodo que hay que resolver rápido para «volver a la normalidad».


Pero, ¿alguna vez te preguntaste qué nos pasa como sociedad cuando escondemos nuestra propia fragilidad? ¿Por qué le huimos tanto al único destino que todos, absolutamente todos, compartimos?


Quizás el problema es que nos creímos el cuento de que la vida solo vale cuando se es fuerte, joven y autosuficiente. Pensamos que la debilidad es un fallo del sistema, una falla de fábrica. Pero, ¿y si fuera todo lo contrario? ¿Y si la fragilidad no fuera una debilidad a corregir, sino la condición misma que nos hace humanos? Fuimos diseñados por un Dios que no dejó nada al azar, y ahí quizás esté la clave: en descubrir la paradoja de haber sido creados imperfectos por un Ser Perfecto.


 Es una paradoja curiosa: solo cuando entendemos que nuestros días están contados, la vida adquiere un valor incalculable.


 Imagina por un segundo un atardecer. Si el cielo se quedara pintado de dorado y violeta para siempre, las 24 horas del día, dejaríamos de salir a mirarlo. Perdería su magia. Lo que hace que un atardecer nos corte la respiración y nos llene de asombro es, precisamente, que dura unos pocos minutos. Se acaba. Y en esa brevedad reside su trascendencia.


Con nuestra existencia pasa exactamente lo mismo. La finitud no es una tragedia macabra; es la lente que nos devuelve la perspectiva. Es el recordatorio de que hoy es el momento para decir «te quiero», para perdonar esa deuda vieja, para abrazar sin prisa, para vivir con propósito. Cuando borramos la noción de la muerte, también borramos la urgencia de vivir de verdad.


 Aceptar nuestra vulnerabilidad no nos resta valor; nos regala paz interior. Nos libera de la pesada carga de tener que ser invencibles. La gracia de estar vivos no radica en durar para siempre en este empaque terrenal, sino en dejar una huella que resuene en la eternidad.


Hoy te invito a hacer una pausa en medio de la vorágine. Mírate al espejo. Mira esa línea de expresión, esa cana, o simplemente siente tu respiración. ¿Estás corriendo tanto para vivir plenamente, o solo estás huyendo de lo inevitable? ¿Qué cambiaría en tu día a día si, en lugar de temerle a tu fragilidad, la abrazaras como el puente hacia lo realmente trascendente?


Pastor Oscar DanielChamorro


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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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