28/08/2026
Fútbol infantil: nuestros hijos no pueden aprender que todo vale para ganar
El crecimiento del fútbol infantil en El Espinillo es una gran oportunidad para nuestros chicos, para las familias y para toda la comunidad. Pero esa oportunidad también nos obliga a reflexionar sobre qué tipo de enseñanza estamos dejando dentro y fuera de la cancha. El fútbol infantil no puede ser solamente competir, ganar un campeonato o levantar una copa. Tiene que ser, antes que nada, un espacio donde los chicos aprendan respeto, esfuerzo, sacrificio, compañerismo, disciplina, humildad y honestidad. Y ahí aparece una responsabilidad enorme de los adultos. Si un árbitro se equivoca o toma decisiones que terminan favoreciendo claramente a un equipo, como padres no podemos aprobarlo solamente porque esa ventaja beneficia a nuestros hijos. Porque también estamos educando cuando festejamos algo que sabemos que no está bien. ¿Qué mensaje le damos a un niño si le hacemos creer que para llegar primero necesita ayuda, favoritismos o ventajas? La enseñanza debería ser exactamente la contraria: los objetivos se alcanzan con esfuerzo, sacrificio, entrenamiento, perseverancia y trabajo. Tal vez un chico pierda hoy un partido, pero si aprende que debe levantarse, entrenar más y volver a intentarlo, habrá ganado una enseñanza para toda la vida. Por eso, si se organiza un campeonato infantil, acompañemos, respaldemos y hagámoslo de la mejor manera posible. Busquemos buenos árbitros. Personas preparadas, responsables, imparciales y conscientes de que están dirigiendo a niños. Establezcamos reglas claras desde el comienzo y hagamos que se cumplan para todos por igual. Nuestros niños se lo merecen. Si les mostramos a nuestros hijos que los adultos no somos capaces de organizar un campeonato con seriedad, respeto y justicia, entonces algo está fallando. No puede ocurrir que un equipo termine abandonando un campeonato porque siente que no existen garantías, igualdad de condiciones o respeto. Cuando se llega a ese punto, todos deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo mal. Porque acá no se trata de ganar “a lo mbareté”, a la fuerza o de cualquier manera. Se trata de ganar trabajando. Ganar entrenando. Ganar haciendo sacrificios. Ganar siendo mejor dentro de la cancha y aceptando también cuando el rival fue superior. Ese es el ejemplo que debemos dejar. El árbitro puede equivocarse, porque es humano, pero nunca debería existir la sensación de que la cancha está inclinada para algún lado. Y si observamos algo injusto, aunque beneficie a nuestro propio equipo, también debemos tener la grandeza de decir que eso no está bien. Eso es enseñar valores. También debemos cuidar el comportamiento alrededor de la cancha. Cuando aparecen insultos, amenazas o agresiones hacia árbitros, jugadores, entrenadores o familias, debería existir la firmeza necesaria para detener un partido. Los chicos no pueden crecer creyendo que la violencia es algo normal dentro del deporte. Los padres somos una pieza fundamental. Nuestros hijos observan cómo reaccionamos cuando ganan y cuando pierden. Escuchan lo que gritamos desde afuera. Ven si respetamos al rival, si aceptamos una decisión arbitral y si somos capaces de reconocer una derrota. Muchas veces pensamos que educamos solamente con palabras, pero nuestros hijos aprenden mucho más mirando nuestras conductas. El Espinillo vive hoy un momento importante: por primera vez existen varias escuelas y espacios de fútbol infantil, muchos padres acompañando y cientos de ilusiones comenzando a crecer alrededor de una pelota. No desaprovechemos esta oportunidad. Y también debemos decirlo con claridad: el fútbol infantil no puede transformarse en una herramienta de aprovechamiento político. Que una autoridad, dirigente o sector político apoye el deporte es positivo. Que consiga pelotas, camisetas, transporte, iluminación, mejores canchas o elementos deportivos también lo es. Pero ese acompañamiento tiene que estar pensado verdaderamente para los niños y no para obtener protagonismo, rédito personal o una fotografía. Basta de utilizar a los chicos. Los niños no pertenecen a ningún sector político. Sus sueños y sus ilusiones no pueden ser instrumentos de una disputa entre adultos. Si la política quiere acompañar al fútbol infantil, que lo haga generando oportunidades, infraestructura, formación, controles médicos, transporte y condiciones dignas para todos. Eso sí transforma la vida de nuestros niños. Organicemos campeonatos, sí. Pero organicémoslos bien. Acompañemos a quienes trabajan. Respaldemos a las escuelas deportivas. Capacitemos a quienes dirigen. Busquemos árbitros responsables. Establezcamos reglas. Y principalmente, garanticemos igualdad para todos. Que ninguna camiseta pese más que otra. Que ningún equipo tenga privilegios. Que ningún chico crea que necesita ayuda para ganar. Que ningún padre piense que insultando está defendiendo a su hijo. Que ninguna institución tenga que abandonar una competencia porque siente que competir dejó de ser justo. Y que ninguna rivalidad entre adultos destruya algo tan hermoso como ver a nuestros niños practicar deportes. Quizás dentro de algunos años muy pocos lleguen a ser futbolistas profesionales. Pero todos serán hombres y mujeres que formarán parte de nuestra sociedad. Por eso, el verdadero campeonato es otro. Una copa puede durar un día. Una enseñanza puede durar toda la vida. El Espinillo tiene hoy una oportunidad hermosa. Cuidémosla entre todos: padres, entrenadores, árbitros, dirigentes, instituciones y autoridades. Enseñemos a nuestros hijos que no hace falta ganar “a lo mbareté”. Se gana con trabajo, esfuerzo, sacrificio, respeto y honestidad. Y si alguna vez toca perder, también debemos enseñarles a levantar la cabeza, estrechar la mano del rival y volver a intentarlo. Eso también es ganar.