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Don Julio Alejandro Guerrero y Doña Rosa Blanca Mancilla: una vida de trabajo, fe y esfuerzo en Julio Cué

16/07/2026 644 vistas
Don Julio Alejandro Guerrero y Doña Rosa Blanca Mancilla: una vida de trabajo, fe y esfuerzo en Julio Cué

La historia de los pueblos se escribe con el sacrificio de hombres y mujeres que, con sus manos y su voluntad de progresar, transformaron tierras vírgenes en hogares llenos de vida.


Entre esos protagonistas se encuentran Don Julio Alejandro Guerrero y Doña Rosa Blanca Mancilla, una familia que dejó una huella imborrable en Julio Cué y que también forma parte de la memoria de Apayerey.


Don Julio Alejandro Guerrero fue hijo de Don Juan Guerrero, de origen español, y de Doña Belarmina Turraca. Desde muy joven aprendió el valor del trabajo honrado, una enseñanza que lo acompañó durante toda su vida. Junto a Doña Rosa Blanca Mancilla formó una familia .


 Fueron padres de Adolfo, Ramón, Margarita, Anita y Antonio, hijos que crecieron viendo el esfuerzo diario de sus padres y aprendiendo que el progreso se construye con sacrificio y perseverancia.


 En 1974, durante los años de auge del algodón, conocido como el "oro blanco", llegaron desde San Martín 2 para trabajar en la zona de Apayerey. Don Julio comenzó desempeñándose como tractorista en el establecimiento de Don Ricardo Acosta, donde se destacó por su responsabilidad y dedicación. Más tarde continuó trabajando para Don Kico Bordón, consolidándose como un trabajador respetado.


 Aquellos primeros años en Apayerey fueron una etapa de esfuerzo y aprendizaje. Gracias al fruto de su trabajo pudieron concretar uno de sus mayores anhelos: comprar una chacra en Julio Cué, donde aproximadamente en 1980 decidieron establecerse definitivamente junto a su familia.


Fue allí donde Don Julio y Doña Rosa escribieron la mayor parte de su historia. Integraron el grupo de familias pioneras que dieron vida a Julio Cué, cuando la colonia comenzaba a poblarse y cada familia debía abrir caminos, levantar viviendas y trabajar la tierra para salir adelante. Entre sus vecinos se encontraban las familias Medina ("Pucu"), Florentín, Notario, Giménez, Fleitas, Olmedo y Ayala, entre muchas otras, con quienes compartieron años de trabajo, solidaridad y amistad, construyendo una comunidad unida por el esfuerzo cotidiano.


 En su chacra, Don Julio se dedicó principalmente a la producción de hortalizas. Muchos recuerdan verlo recorrer los caminos rurales con su inseparable bolanta, llevando verduras frescas a las familias de Julio Cué, Apayerey y las colonias vecinas. Esa imagen quedó grabada en la memoria de toda una generación.


 Con el paso de los años, además de agricultor, Don Julio abrazó con fuerza la fe cristiana. Se convirtió en un ferviente predicador de la Palabra de Dios, visitando hogares y compartiendo mensajes de esperanza y amor al prójimo. Su humildad, sencillez y espíritu solidario hicieron que fuera muy querido . Doña Rosa Blanca fue una compañera incansable. Siempre acompañó a su esposo en cada desafío, sosteniendo el hogar y educando a sus hijos con valores de respeto, trabajo y honestidad. Juntos formaron una familia reconocida por su sencillez, hospitalidad y permanente disposición para ayudar a los demás. Con el tiempo, la crisis de la producción algodonera también golpeó a la familia.


Como les ocurrió a muchos productores de la zona, debieron vender su chacra y dejar atrás el lugar donde habían construido tantos recuerdos.


Posteriormente se radico en Laguna Blanca, iniciando una nueva etapa de sus vida. Doña Rosa falleció a los 70 años, mientras que Don Julio partió a los 83 años, dejando un legado que permanece vivo entre sus hijos, nietos, vecinos y amigos.


Quienes los conocieron los recuerdan como personas trabajadoras, honestas, humildes y profundamente amigables. Su historia representa la de tantas familias que ayudaron a poblar y hacer crecer Julio Cué, convirtiéndose en protagonistas silenciosos del desarrollo de la zona.


Recordar hoy a Don Julio Alejandro Guerrero y a Doña Rosa Blanca Mancilla es rendir homenaje a una generación que hizo del trabajo, la fe y la solidaridad un verdadero modo de vida. Su ejemplo continúa siendo parte del patrimonio humano e histórico de Julio Cué y de Apayerey.

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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