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La historia de la familia Corvalán: memoria viva de los pioneros de Apayerey

Un legado de trabajo, sacrificio y amor por la tierra

11/07/2026 445 vistas
La historia de la familia Corvalán: memoria viva de los pioneros de Apayerey

La historia de un pueblo no se escribe únicamente con fechas y acontecimientos. Se construye, sobre todo, con las vivencias de las familias que llegaron a estas tierras con la esperanza de un futuro mejor, trabajando con esfuerzo y dejando un legado para las generaciones que vendrían después.


La familia Corvalán es una de esas familias pioneras cuya historia forma parte del patrimonio de Apayerey. Don Fermín Corvalán, nacido en San Juan de las Misiones, República del Paraguay, llegó a la Argentina alrededor del año 1920, siendo aún muy joven. Lo hizo acompañado por su primo hermano, Don Antonio Ramos, para trabajar en el establecimiento rural de su familiar. Con el paso del tiempo, el lugar donde vivía Don Antonio Ramos comenzó a ser conocido por los pobladores como "Julio Cué", debido a que uno de sus hijos llevaba el nombre de Julio. Así nació la denominación que aún hoy identifica a ese paraje.


Más adelante, Don Fermín pasó a desempeñarse en la estancia "La Margarita", propiedad de Don Julio Chir, ubicada en la zona de Yui Malaé.


 Contrajo matrimonio con Doña Carmen Verón, oriunda de Pilar, Paraguay, con quien formó una familia numerosa, humilde y profundamente trabajadora. De esa unión nacieron ocho hijos: • Anastasia Corvalán. • Julio Marcelino Corvalán. • Leonor Corvalán. • Fermina Corvalán. • Juan Ramón Corvalán. • Higinio Corvalán. • Alicia Corvalán. • José Corvalán, quien falleció apenas siete días después de haber nacido.


 Entre ellos se destacan Doña Leonor Corvalán, nacida en Santa Ana el 1 de julio de 1928, y Doña Alicia "Lili" Corvalán, nacida en San Luis, jurisdicción de El Kogoy, el 24 de abril de 1941.


La llegada a Apayerey


En el año 1950, Don Fermín decidió establecerse definitivamente junto a toda su familia en Apayerey, donde comenzaron una nueva etapa de sus vidas.


Sus hijos ingresaron a la Escuela Provincial N.º 118, hoy EPEP N.º 118 "Roque Jacinto Antonio Lucero". Doña Alicia recuerda con enorme emoción que ingresó a la escuela a los nueve años de edad. Su maestro fue Don Roque Jacinto Antonio Lucero, cuyo nombre lleva actualmente la institución. La escuela era apenas un galpón construido con palma, pero para aquellos niños representaba el lugar donde aprendían a leer, escribir y soñar con un futuro mejor. Recuerda a sus compañeros Felipe Blanco, Quintín Lezcano, Carlitos Fernández, Remigio Otazu, Santiago y Pichín Mendoza, Daniel Otazu, Noti Villalba, Juana Jara, Anuncia Jara, Victorina Lezcano, Marina Jara, Mercedes Bordón, Edith Lucero, Tita Machuca, Dora Mendoza, Teresa Bordón, Ramonita Bordón, Beba Bordón y Susana Otazu.


También permanecen vivos en su memoria numerosos vecinos de aquella época: Ireneo Muñirgo, Doña Tomasa Aquino viuda de Mañarey, "Pai" Otazu, Pablo Mendoza, Doña Josefina García, Don Francisco Díaz "Chico", Don Malio Machuca, Don Teólo Lunghi, Bartolo Ortega, Doña Antonina, Don Jorge Sánchez, Doña María Guarda, Don Roque Albizo, la familia Blanco, Narciso Bordón, Ricardo Acosta y Reyes Bordón. Recuerda además al querido Padre Aldo y al Padre José, quienes desarrollaban una intensa tarea religiosa y social en toda la región.


Una vida de trabajo


 La vivienda familiar se encontraba cerca de la estancia Cuatro Ceibos, propiedad de Doña Tomasa Aquino. Allí poseían una chacra de aproximadamente 25 hectáreas, trabajada por todos los integrantes de la familia. Criaban más de 200 gallinas, además de cerdos, vacas lecheras y bueyes. Sembraban mandioca, maíz, zapallo, poroto y grandes cantidades de maní, que almacenaban en bolsas para consumir durante todo el año. En el patio nunca faltaban los árboles de naranjas y pomelos. Doña Alicia recuerda que su madre, Doña Carmen Verón, además de atender el hogar y trabajar en la chacra, confeccionaba con sus propias manos la ropa para toda la familia. En aquellos años comprar prendas era muy difícil, por lo que las madres cosían cada camisa, vestido o pantalón con enorme dedicación y sacrificio. Aquella realidad no era exclusiva de los Corvalán.


 La mayoría de las familias de Apayerey vivían de lo que producían sus chacras. Casi todas las casas tenían vacas lecheras, gallinas, cerdos, huertas familiares y árboles frutales como naranjos y pomeleros. Era una comunidad prácticamente autosuficiente, donde el trabajo de cada familia garantizaba el alimento diario y enseñaba a los hijos el valor del esfuerzo.


La gran inundación


Uno de los recuerdos más difíciles ocurrió aproximadamente en 1952, cuando una gran inundación afectó toda la zona. Durante varios días llovió sin descanso y el agua destruyó completamente la producción de la chacra. En esa época, Don Fermín trabajaba junto al Padre Aldo en Misión Tacaaglé, por lo que regresaba a su hogar solamente cada quince días. Cerca de la casa había realizado una perforación de donde obtenían agua limpia y de excelente calidad.


Un pueblo solidario


 Doña Alicia recuerda que el Apayerey de aquellos años era una verdadera comunidad. Los vecinos vivían unidos y se ayudaban mutuamente. Cuando una familia necesitaba sembrar, cosechar, levantar una vivienda o atravesaba alguna dificultad, los demás acudían sin esperar nada a cambio. Ese espíritu solidario permitió que el pueblo creciera unido. Con enorme cariño recuerda también a Doña Ester Chaparro, la histórica partera de Apayerey, quien ayudó a traer al mundo a muchísimos niños cuando todavía no existían hospitales cercanos. También recuerda que en aquellos años estaba instalada la Gendarmería Nacional, institución que brindaba seguridad a la población y acompañaba el desarrollo de la comunidad.


 Las grandes fiestas de Apayerey


Doña Alicia vivió en Apayerey hasta los 19 años. Recuerda aquellos tiempos como una de las etapas más felices de su vida. Las fiestas patrias comenzaban el 8 de julio y continuaban hasta el 11 de julio. Había cancha de fútbol, carreras cuadreras, pistas de baile y conjuntos musicales que llegaban desde distintos lugares. Las fiestas patronales duraban días ,un pueblo alegre” .


Recuerda especialmente los almacenes de Doña Casimira Salinas de Bordón, Don Ricardo Acosta y Fridman. Las pistas de baile funcionaban en las casas de Don Pedro Jara, Cándido Lezcano y Doña María Guarda. En aquella época existía una regla muy respetada: los menores de 18 años no podían asistir a los bailes.


 El ejemplo de Doña Alicia


A los veinte años, Doña Alicia formó su hogar junto al paraguayo Esteban Alvarenga. Tuvieron cinco hijos: • Alberto Alvarenga. • Celestina Alvarenga. • Nélida Alvarenga. • Victoria Alvarenga. • Pablo Gustavo Alvarenga. Sin embargo, la vida la enfrentó muy temprano a una dura realidad. A los 31 años quedó viuda, debiendo hacerse cargo sola de la crianza y educación de sus cinco hijos. Lejos de rendirse, enfrentó cada dificultad con valentía. Trabajó incansablemente para que a sus hijos nunca les faltaran el alimento, la educación y los valores heredados de sus padres. Incluso viajó a Buenos Aires en busca de trabajo. Allí le tocó vivir los días del golpe militar de 1976 que derrocó a la presidenta María Estela Martínez de Perón. Aquellos momentos quedaron grabados en su memoria por el clima de miedo e incertidumbre que se vivía. Su mayor deseo era regresar cuanto antes a Formosa y reencontrarse con su tierra y su familia.Su historia representa a tantas mujeres del interior que, con esfuerzo, dignidad y una enorme fortaleza, lograron sacar adelante a sus hijos sin perder jamás la esperanza.


El legado de Don Fermín y Doña Carmen


Don Fermín Corvalán falleció a los 77 años y fue sepultado en el cementerio de Apayerey, el pueblo que eligió para vivir y donde dejó un ejemplo de trabajo y honestidad. Doña Carmen Verón falleció a los 80 años y fue sepultada en el cementerio de Villa Real.


 Hoy, Doña Leonor Corvalán, con 98 años, y Doña Alicia "Lili" Corvalán de Alvarenga, con 85 años, viven en El Espinillo, rodeadas del cariño de sus hijos, nietos, bisnietos y demás familiares. Ellas son las guardianas de una memoria invaluable. Gracias a sus recuerdos hoy podemos conocer cómo fueron los primeros años de Apayerey, cómo se vivía, cómo se trabajaba la tierra, cómo era la escuela, las fiestas, la solidaridad entre vecinos y los valores que dieron identidad a esta comunidad.


La historia de la familia Corvalán es también la historia de muchas familias pioneras que llegaron con muy poco, pero con una inmensa voluntad de trabajar. Con sus manos levantaron sus hogares, cultivaron la tierra, educaron a sus hijos y sembraron principios de honestidad, solidaridad y esfuerzo que aún perduran.


Preservar estos testimonios es conservar viva la memoria de Apayerey y rendir homenaje a quienes hicieron posible el crecimiento de este querido pueblo. Porque un pueblo que conoce y valora su historia fortalece su identidad y transmite a las nuevas generaciones el orgullo de sus raíces.


Por Silvio Reynaldo Delvalle Enciso.


 

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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