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El Padre Miguel Pessuto “Vine para servir”: la vida y el legado

Desde su llegada a la Argentina en 1977, el Padre Miguel Pessuto dedicó más de cuatro décadas al servicio pastoral en Formosa. Su coherencia de vida, su opción por los pobres y su profundo amor por la gente lo convirtieron en un referente querido y respetado.

05/01/2026 965 vistas
El Padre Miguel Pessuto “Vine para servir”: la vida y el legado

El Padre Miguel Pessuto nació en el año 1938 en Turín, Italia, en el seno de una familia campesina, trabajadora y profundamente creyente, de lengua piamontesa. De sus raíces familiares y culturales heredó un fuerte amor por la tierra, una profunda valoración del trabajo y una fe sencilla pero firme, que marcarían para siempre su modo de vivir y servir. En octubre de 1951, con casi 13 años de edad, ingresó decidido al Seminario Mayor de Giaveno. Aquel paso significó un cambio profundo en su vida: pasó de ser un niño que experimentaba la soledad a un adolescente firme y convencido de la opción de vida que había elegido. Su vocación sacerdotal comenzó a gestarse especialmente a partir de su participación en una pastoral juvenil, donde acompañaba a un sacerdote en la visita a los enfermos, experiencia que despertó en él el deseo de servir y entregarse a los demás. El 27 de enero de 1977 llegó a la Argentina, iniciando así una nueva etapa de su vida y de su misión. Se instaló durante un mes y medio en la provincia de Córdoba para aprender y practicar el idioma castellano. En marzo de ese mismo año arribó a la localidad de Palo Santo, en la provincia de Formosa, donde trabajó durante dos años en la Parroquia Inmaculada Concepción de María. En el año 1979, un domingo de Pascua, recibió un nuevo destino pastoral en la localidad de General Belgrano, donde fue nombrado primer párroco de la Parroquia San Isidro Labrador. Allí permaneció 19 años al servicio de la comunidad, desarrollando una tarea pastoral intensa, cercana y comprometida. Visitaba personalmente a todas las familias, recorría las distintas colonias y se preocupaba de que cada comunidad, tanto del pueblo como de las zonas rurales, contara con una capilla para vivir y celebrar la fe. Su entrega austera, constante y generosa dejó una huella imborrable en el corazón de la gente, que aún hoy lo recuerda con profundo cariño y respeto. A lo largo de su ministerio fue párroco durante más de 18 años en General Belgrano y Misión Tacaaglé, consolidando una presencia pastoral marcada por la cercanía y el servicio silencioso. En enero de 2004 fue nombrado párroco de la Parroquia Sagrada Familia, en el barrio Eva Perón, donde desarrolló una intensa actividad pastoral orientada principalmente a las familias más humildes de los barrios. Durante este período también fue designado Vicario de la Diócesis de Formosa, convirtiéndose en el segundo en el gobierno de la Iglesia de la provincia, responsabilidad que asumió con humildad y compromiso. Desde el año 2013, se desempeñó como co-párroco de la Parroquia Sagrada Familia junto al presbítero Carlos Hermosa. Sin embargo, el Padre Miguel decidió poner gran parte de su esfuerzo y dedicación en una nueva comunidad: Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en el barrio 20 de Julio, del Circuito Cinco, acompañando su crecimiento con la misma pasión y entrega de siempre. El Padre Miguel fue un sacerdote que, pudiendo haber vivido con comodidades, eligió la opción por los pobres. Fue un hombre realista y concreto, que vivió únicamente con la inquietud de llevar a la práctica el mensaje de Cristo, sin buscar reconocimientos ni beneficios personales. Con firmeza, austeridad, labor incansable y profunda sencillez, afirmaba que no cambiaría el estilo de vida que había elegido. Decía con convicción que no había venido a estas tierras para realizar una experiencia pastoral pasajera, sino para dar la vida por la gente. Estaba plenamente convencido de que su misión como sacerdote era servir como Cristo, quien vino a servir y no a ser servido. Esa certeza guió cada uno de sus gestos, decisiones y opciones de vida. El 13 de abril de 2018, el Padre Miguel Pessuto partió a la Casa del Padre. Hasta el último día de su vida mantuvo un estilo sencillo, coherente con el Evangelio que predicó y vivió. Fue un hombre cercano, íntegro y profundamente humano, que dejó como herencia un ejemplo claro y un camino de vida comunitaria, basado en la fe, el servicio y el amor al prójimo.

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Escrita por

SILVIO REYNALDO DELVALLE

Periodista

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